lunes, 23 de febrero de 2015

Una santa armonía

El prólogo que la Editorial Herder trae en su edición española del libro “La santificación de la vida diaria” apunta acertadamente al hecho de que los nuevos problemas de los tiempos actuales exigen nuevas soluciones, inspiradas siempre en las grandes verdades clásicas, y que para expresar nuevos conceptos se necesita echar mano de nuevos términos. “En esta época de universal disolución, destrucción y desvinculación es necesario hablar de ‘vinculación’ con Dios, con nuestro cometido en la vida, con el prójimo, etc. El hombre, que alguien ha llamado “ser en el mundo”, solamente puede alcanzar su plenitud moral en vinculación con las realidades en que se halla encuadrado. En una época de mecanización de la vida, de confusa masificación del individuo, es necesario apreciar el valor de las relaciones que vinculan al individuo con los grandes entes que rodean su existencia.”

El autor del prólogo español acertó plenamente: la síntesis de la santidad de la vida diaria  está en la armonía santa entre la vinculación hondamente afectiva con Dios, con la obra del hombre y con el prójimo a través de todas las situaciones de la vida. Vinculación con Dios, vinculación con el diario quehacer y vinculación con el prójimo, en armonía. Recordemos que un organismo sano desarrolla por igual todas sus partes.

Como escribe el Padre Boll en su libro, el Padre Kentenich quiso desarrollar para el cristiano de hoy un estilo de santidad vivido fuera de los muros de los conventos, sin la protección de ese ambiente escogido y especial, una vida en medio del mundo, en donde la vinculación continua con Dios viene apoyada por los acontecimientos externos del día a día. Lo que acontece en el mundo no quiere ser visto como un obstáculo, sino como el camino hacia Dios. Su meta será pues llegar a la perfecta armonía entre la vinculación con Dios, con el quehacer diario y con el prójimo, en todas las situaciones de su vida.

El Padre Boll cita al respecto algunas frases de la Introducción  del libro “La santificación de la vida diaria”: “El santo de la vida diaria sabe santificar su tarea cotidiana, vive santamente durante toda la semana e imprime en todas sus obras el sello de la santidad. Sus tristezas y sus alegrías, sus diversiones y sus trabajos, sus oraciones, sus palabras y su conducta: todo es extraordinariamente bueno, es decir, santo, porque procede de la caridad. Ama y vive lo natural y lo sobrenatural como un conjunto, como un gran organismo vivo. La naturaleza es para él base y fundamento de lo sobrenatural; todas las cosas creadas le elevan hacia arriba, son para él puentes y guías hacia Dios. Por eso, cuando resplandece en algún punto la voluntad de Dios, la pone en práctica inmediatamente, y siempre que en la vida observa o experimenta algo, levanta su mirada al cielo y pregunta qué es lo que querrá decir Dios con eso. Conocer, amar, vivir, son cosas que tienen para él una relación íntima.”

Esta armonía tiene dos calidades importantes. Por una parte es una “armonía grata a Dios”. La persona que se esfuerza en este camino de santidad busca que su anhelo de una gran vinculación a Dios no vaya en detrimento de su vida de trabajo o de sus relaciones personales. Al contrario, su entrega a las personas queridas, al cónyuge, a los hijos y a las demás personas son el camino del encuentro anhelado con Dios. ¡Porque nuestro Dios es el Dios encarnado, el que habita en y entre nosotros!

El Padre Kentenich describe la segunda característica de esta armonía con las palabras: “armonía hondamente afectiva”. Es de suma importancia que en nuestras vinculaciones consigamos tener un sano equilibrio entre el entendimiento y la voluntad con el corazón y con lo más profundo de nuestros sentimientos, de nuestra alma. Sabemos que nuestro Dios quiere que nosotros le amemos. Él conoce también el corazón humano. “Sabe que en él prende rapidísimamente y bien a fondo el amor, cuando se ve rodeado de amor”. Por ello es necesario que vayamos siguiendo las huellas del amor divino en toda nuestra vida y que seamos después maestros de una adecuada y heroica correspondencia en el amor.

Y todo ello “a través de todas las situaciones de la vida”. O sea siempre y en todo lugar, siempre y en todos los tiempos. Accederemos a la santidad mediante nuestro esfuerzo por conseguir esa maravillosa armonía entre todos los ámbitos de nuestra vida y entre todos los estratos de nuestro ser y de nuestra persona. La lucha por esta santidad será consecuentemente la aventura de toda nuestra vida cristiana.

lunes, 16 de febrero de 2015

La santificación de la vida diaria - el libro y el desafío


El libro “La santificación de la vida diaria”, cuya primera edición alemana data del año 1937, se tradujo pronto al español y la Editorial Herder lo publicó por primera vez en España en el año 1954. En mi mesa tengo un ejemplar de la octava edición de 1985. Se trata sin duda de un tema interesante y buscado por los lectores. Tengo que confesar sin embargo que comparto con el Padre Boll algunas reservas respecto a la redacción y a los ejemplos que nos presenta; algo anticuados para la sensibilidad de los tiempos actuales. A pesar de ello vale la pena su lectura. Se trata de una formación ascética atractiva para la vida de cada día (y ‘habitual’ para los miembros de las comunidades de Schoenstatt).

Cuenta el Padre Boll que en su primera visita a Milwaukee le comentó al Padre Kentenich que aunque el contenido del libro era convincente, el estilo del texto y los ejemplos aportados podrían frenar el efecto buscado. Boll recuerda que el Fundador le interrumpió y le dijo: “La santificación de la vida diaria es una obra básica, y realmente se debería escribir de nuevo para cada generación”. Se trataría entonces de buscar y definir los contenidos básicos y elaborar una aplicación de los mismos a la vida moderna. Pero lo más importante sería vivirlos.

Ya desde los inicios de su actividad como sacerdote y director espiritual, el Padre Kentenich tuvo el valor de presentar la santidad como objetivo máximo de su vida y de la vida de los que le habían sido encomendados. En el Acta de Fundación podemos leer las palabras que puso en boca de María, nuestra contrayente en la alianza de amor: “Esta santidad es la que exijo de vosotros”. Y esto sigue teniendo validez ayer, hoy y mañana. Todas las comunidades de Schoenstatt, indistintamente a su estado de vida, asumen esta meta en la forma adecuada. La santidad. Los procesos de beatificación en marcha muestran también el entusiasmo de los hijos espirituales del Padre Kentenich por la santidad.

¿De qué santidad se trata? No es nada nuevo. Si repasamos la historia de la Iglesia vemos que cada época tuvo su imagen característica de la santidad: en los inicios aparecen los mártires, después serán los ermitaños y monjes, y en los siglos sucesivos el ideal lo mostrarán además múltiples formas de vida consagrada virginal y conventual. Admirando y respetando estos ideales de santidad que tantos santos nos han regalado, la iglesia de los últimos tiempos se ha venido preguntando cuál sería el ideal para el grupo de laicos que representa la mayoría del pueblo de Dios.

Grandes figuras de nuestro siglo se han empeñado en encontrar un camino apropiado. El Padre Kentenich tuvo para diseñar su propio proyecto un ejemplo ante su mirada. En la base de su propuesta encontramos a un santo que ya en el siglo diecisiete sintió un impulso parecido, y que con su obra se dirigió a los cristianos de su tiempo que vivían en medio del mundo y sentían un profundo anhelo por una vida religiosa intensiva. Fue Francisco de Sales con su libro “Filotea – Introducción a la vida devota”. Fue toda una novedad. Para ser santo no era necesario vivir o imitar las formas concretas de la vida en los conventos.

La santificación de la vida diaria es un intento para atreverse a un nuevo camino, el de la santidad como elemento permanente de la vocación cristiana recibida en el bautismo, pero vivida en medio de los desafíos de nuestra vida cotidiana en el mundo, sin recortar en nada y para nada el ideal de santidad. Una gran meta, un enorme y arriesgado desafío.

(En las próximas semanas traeré al Blog las principales características del proyecto)         



lunes, 9 de febrero de 2015

Vivir de la fe - Una introducción a la espiritualidad schoenstattiana

En las semanas transcurridas desde el inicio de este BLOG (21/7/2014) he comentado los diferentes capítulos de la primera parte del libro “Joseph Kentenich – Pedagoge und Gründer” (José Kentenich – Pedagogo y fundador)  escrito por el Padre G. Boll y publicado en la editorial PATRIS VERLAG de Alemania. Ha sido un intento de mostrar a mis lectores, de la mano del Padre Boll, algunas características de la personalidad del Padre Kentenich, Fundador del Movimiento de Schoenstatt, y también algunos aspectos de su misión para la Iglesia del nuevo milenio. Quisiera resumir lo comentado hasta ahora: su talento pedagógico, su apertura antes el Dios de la vida en unión con el dinamismo que el mismo Dios le regaló, y finalmente su vinculación profunda con María.

Nos queda por considerar todavía un elemento esencial que el Dios de la vida hizo crecer en el Padre Kentenich, y que éste regaló a su vez al Movimiento por él fundado: los rasgos específicos de su espiritualidad, cómo vivía él su fe, y cómo se esfuerzan por vivirla sus hijos espirituales.

El Fundador habla de una “piedad tridimensional en la espiritualidad de Schoenstatt”. Se trata de formas originales de una vida de fe anclada en la tradición y con rasgos creativos y nuevos, adecuados al tiempo en que vivimos. Son tres: santidad de la vida diaria, piedad instrumental y piedad de alianza. Aunque este tema nos exigirá algunas semanas para comentarlo siguiendo los capítulos del libro del Padre Boll (por causa de la estructura del mismo Blog), quiero hoy avanzar algunas breves explicaciones sobre las tres formas citadas.

Santidad de la vida diaria

Durante los primeros años de la historia del Movimiento el Padre Kentenich se esfuerza por transmitir a las comunidades su visión de una piedad adecuada a los nuevos tiempos en los ejercicios espirituales, charlas, conferencias y reuniones de grupo. Él deseaba publicar un resumen en forma de “Manual”, que fuera la base para la formación ascética de amplios círculos. En el año 1937 se edita el resumen de todo el material propuesto por el Padre Kentenich, sintetizado y organizado bajo su dirección por la Hermana de María de Schoenstatt, M.A. Nailis. El libro titulado “Werktagsheiligkeit” y editado en Alemania será una guía importante – y de gran éxito - en el esfuerzo pastoral de promover una vida ascética adecuada a los tiempos modernos. La editorial Herder de Barcelona editará también la traducción al español del mismo, bajo el título “La santificación de la vida diaria”. El libro se dirige a “cristianos con aspiraciones en este mundo de hoy”. Schoenstatt tendrá desde entonces no sólo un carácter pedagógico sino que aportará una influencia innovadora en el ámbito ascético y religioso. Ser santos en medio del mundo, un esfuerzo comprometido por una santidad laical. La “santidad de la vida diaria” es una de las marcas de identidad de Schoenstatt. ¡Y de plena actualidad!

Piedad instrumental

Esta dimensión de la espiritualidad schoenstattiana va de la mano de la primera. La una no puede entenderse y vivirse sin la otra. El Padre Kenenich escribió en el año 1944, durante su prisión en el campo de concentración de Dachau, un tratado sobre la misma, “Espiritualidad mariana del instrumento”. Quiso que este fuera su regalo a la Familia de Schoenstatt con motivo de los treinta años de la fundación. Para el Padre Boll, el hecho de que este libro fuera escrito en un ambiente tan hostil y despiadado como el campo de concentración, muestra que la espiritualidad aquí descrita estaba viva en la persona del Fundador. Piensen que éste no pudo acceder a ninguna literatura o documentación apropiada para su redacción. La piedad instrumental apunta directamente a la vida apostólica del cristiano y tiene aquí su fundamento teológico. 
La espiritualidad instrumental toma muy en serio al ser humano como colaborador y compañero de Dios en su creación; la misma hace suya la visión de Tomás de Aquino sobre las causas segundas: “Deus operatur per causas secundas liberas” (Dios actúa a través de causas segundas libres). Su nombre (instrumental) lo toma de aquella frase que el Señor dijo a Ananías para que fuera a buscar a Saulo: “Ve, porque éste hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre ….” (Hechos 9,15). Se trata de una espiritualidad de la entrega y disponibilidad, de aquel que  está totalmente a disposición del que lleva en la mano el instrumento: se entrega, a ejemplo de María, totalmente a Dios y a sus deseos.

Piedad de alianza

Alianza es esencialmente vinculación. La historia de salvación es una historia de alianza. Esta característica de la espiritualidad de Schoenstatt no es una más, sino que es el fundamento para las otras dos. Dios es un Dios de alianza, y Él con su amor quiere atraer al ser humano a esa historia de amor mutua. Y a la vez espera una respuesta concreta del ser humano a su invitación. El Padre Boll cuenta que el Padre Kentenich citaba a menudo una frase del franciscano Johannes Duns Scotus (1266-1308): “Deus quaerit condiligentes se” - Dios busca a hombres que amen con Él. La espiritualidad de alianza busca estar siempre en diálogo con el Dios de la alianza en todas las situaciones de la vida. 
La alianza de amor que se selló en el momento de la fundación de Schoenstatt entre la Santísima Virgen y los primeros congregantes marcó para siempre la espiritualidad o piedad de alianza en Schoenstatt. Esta alianza de amor será el sentido, la forma, la fuerza y la norma fundamentales del que se esfuerza por vivir, a ejemplo del Padre Kentenich, el seguimiento de Cristo, protagonista, instrumento y único camino de la nueva y eterna alianza.


martes, 3 de febrero de 2015

María en la actualidad de la Iglesia

Para concluir la primera parte de su libro, el Padre Boll hace una reflexión sobre las ideas y el sentir del Padre Kentenich sobre la posición de la Santísima Virgen en la Iglesia. Ambos, tanto el autor del libro como el protagonista del mismo vivieron intensamente la situación eclesial de Alemania en la continua búsqueda de la deseada unión con los hermanos protestantes.

A pesar de ello el Padre Kentenich está convencido, desde su experiencia pastoral, de que en un tiempo como el nuestro, tan plural y global, las capacidades de resistencia de la fe se debilitan si la misma no puede enraizarse vivencialmente en lo más profundo del alma. Por eso el amor a María es tan importante, porque nos regala un conocimiento vivo y vivificante de Cristo. Su postura y la reflexión dogmática sobre María, que él hará durante los años treinta del siglo pasado, eran entonces desacostumbradas y extrañas. Recordemos que para él la Santísima Virgen es la Madre de Dios y consecuentemente la “compañera y colaboradora permanente de Cristo en toda la obra redentora”.

Tuvo que venir el Concilio Vaticano II y mostrar a los creyentes la doctrina de la Iglesia sobre María y sobre la veneración a la Madre de Dios. Lo hizo de forma concisa y clara en el marco de la Constitución dogmática “Lumen Gentium”: “La Santísima Virgen, predestinada, junto con la Encarnación del Verbo, desde toda la eternidad, para Madre de Dios, por designio de la Divina Providencia, fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor y en forma singular la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras Él moría en la Cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia.” (LG 61)

A la pregunta de cómo él, el Padre Kentenich, había llegado a tal convencimiento, el Fundador de Schoenstatt respondió: “Lo he intuido y deducido de la conciencia creyente de la Iglesia”. El Padre Boll quedó admirado de la seguridad con que se expresó. Más tarde, al leer los documentos conciliares recordó esta conversación. Precisamente el Concilio destacaba los dos conceptos claves: compañera y colaboradora.

En la Iglesia tenemos la experiencia de que las verdades de fe que son “posesión” del pueblo de Dios pasan también por una fase dilatada de estudios y controversias por parte de la teología. El Padre Boll cree que en la actualidad nos encontramos en una fase similar respecto a la persona y a la misión de María en el orden de redención del Nuevo Testamento. Llegará el momento en que esta fase pasará y con ello se afianzará la “posesión” creyente de la Iglesia sobre la Madre de Dios.

Otro factor a tener en cuenta es que la “longitud de onda” del interés por los temas ha variado mucho en este tiempo tan acelerado que vivimos. Para muchos, por ejemplo, la actualidad del Concilio, el radio de influencia de una figura como el Papa Juan Pablo II, o la teología de la liberación han pasado en poco tiempo a un segundo término. Quien desee acelerar anhelos importantes para toda la Iglesia deberá hoy tener paciencia e insistir con perseverancia.

El Padre Kentenich estaba convencido de que el Espíritu Santo ha impulsado el interés eclesial por María a través de variadas formas y con muchas iniciativas. El Padre Kentenich se creyó llamado también a promover desde Schoenstatt una vinculación viva con la Santísima Virgen.

Recuérdese además que el desarrollo de la mariología venía marcado hasta hace poco por la aclaración de la posición de María respecto a Dios. Esta relación se ha afianzado y formulado ya en varios dogmas: en el núcleo de esta fe está la elección para ser la Madre virginal de Cristo. Por eso quedó libre del pecado original y fue asunta al cielo en cuerpo y alma. El interés se ha trasladado, y se concentra hoy, en la relación de María respecto a los hombres. La discusión en el Concilio sobre el título “Madre de la Iglesia” va en esta dirección. Esta perspectiva coincide con el pensar del Padre Kentenich.

El Movimiento de Schoenstatt y sus miembros  colaboran en este proceso con una vida marcada por la vinculación viva a María, queriendo mostrar con ello la autenticidad de una vida cristiana ejemplar.

lunes, 26 de enero de 2015

Una piedad mariana esclarecida

Después de haber leído lo publicado hasta ahora en este Blog, está claro que el Padre Kentenich transmitió a muchas personas con su vida y su testimonio una vinculación estrecha a la Santísima Virgen, y que el Movimiento por él fundado propone e intenta vivir también esta relación con Ella como un camino de vida. Esta vinculación va más allá de una piedad emocional tal como se cultiva en muchos lugares de nuestro entorno católico.

Para el Fundador de Schoenstatt la Madre de Dios tiene una tarea especial también en la Iglesia de hoy. Él quiso que sus hijos espirituales ayudaran a clarificar teológicamente la imagen de María, y que con sus vidas mostraran la piedad mariana que los tiempos actuales exigen. En muchos cursos, retiros y conferencias transmitió a las diferentes comunidades y grupos esa imagen de María, convencido de que ésta era la misión y el carisma de Schoenstatt.

Es bueno recordar que en Alemania durante los años transcurridos entre las dos guerras mundiales surgió un movimiento juvenil católico vigoroso que vivía una corriente teológica cristo-céntrica y litúrgica muy fuerte. Para ellos la piedad mariana que se vivía en el pueblo cristiano católico era trasnochada y contraproducente. El Padre Kentenich deseaba superar las visiones estrechas y miopes típicas de aquellos años, como fueron “Cristo o María”, “liturgia o piedad popular”, “Sagrada Escritura o prácticas piadosas tradicionales”. Su respuesta consistió en unir todo ello en una totalidad orgánica que fuera respuesta adecuada a los tiempos actuales. Frente al peligro de un intelectualismo provocado por una forma de pensar mecanicista, el Fundador de Schoenstatt deseaba fortalecer no solo las raíces racionales de la fe, sino también las irracionales y sobrenaturales. Por eso consideraba que una veneración viva a la Santísima Virgen era una ayuda que Dios nos ofrece para conseguir ese fin.

El Padre Boll nos recuerda en su libro haber escuchado al Padre Kentenich citar en muchas ocasiones una frase del Papa Pio X en su encíclica “Ad diem illum”: un auténtico amor a María regala una comprensión vital y revitalizadora de Cristo – “vitalis Christi cognitio” – que va mucho más allá de un entendimiento puramente intelectual. Quien quiera acceder a este misterio solamente desde la dogmática tendrá muchas dificultades en entender el núcleo de esta fórmula, porque ésta es la expresión de una experiencia religiosa vivida y probada desde siempre en el pueblo de Dios. Recordamos en este contexto el conocido y viejo adagio “per Mariam ad Jesum – a través de María a Jesús”
En la práctica pastoral del Padre Kentenich y del Movimiento de Schoenstatt el adagio citado se ha transformado en este otro: “Por Cristo, con María, en el Espíritu Santo, al Padre”. ¡Hacia el Padre va nuestro camino ….…!

(Nota personal: La reflexión que nos transmite el Padre Boll en este capítulo nos aclara perfectamente la afinidad del Padre Kentenich con el alma latina [América del Sur y Península Ibérica]. En ella veía el Fundador un suelo fértil para que la semilla de Schoenstatt creciera, facilitando así una nueva primavera mariana en la Iglesia universal. El crecimiento y la vitalidad del Movimiento en el continente americano así lo atestigua).

lunes, 19 de enero de 2015

Una red de santuarios

El Santuario de Schoenstatt surge, como hemos visto en las “entradas” anteriores, a partir de una relación personal viva entre la Santísima Virgen y las personas del entorno correspondiente. El Santuario es algo más que un edificio, más que un lugar sagrado, es principalmente un proceso vital. El Padre Boll nos recuerda que en este proceso lo decisivo es el anhelo y el esfuerzo por mover a la Santísima Virgen a que Ella se establezca en medio de ese lugar y que desde allí actúe regalando sus gracias especiales. Por la parte humana el Santuario está vinculado al compromiso de ayudar a que esto se haga realidad por medio de la oración y el esfuerzo personal por la santidad.

Teniendo en cuenta este planteamiento y a la vista de las experiencias de las primeras generaciones de personas vinculadas al Santuario de Schoenstatt en Alemania, no es de extrañar que con el tiempo haya surgido en todo el mundo una red de Santuarios que hablan del amor de la Madre de Dios por sus hijos y que quieren contribuir de forma decisiva en la nueva evangelización.

Ya  a principios de los años cuarenta del siglo pasado, en plena guerra mundial, hubo personas que habiendo experimentado personalmente las gracias del Santuario en Schoenstatt, y que por diversas circunstancias se encontraban fuera de Alemania, en concreto en América del Sur, sintieran el anhelo de visitarlo sin posibilidad alguna de hacerlo. En concreto, un grupo de Hermanas de María que habían sido enviadas a las misiones en Uruguay se sienten movidas a construir una réplica del Santuario para poder ofrecer a las personas de su misión las experiencias de cobijamiento, transformación interior y anhelo apostólico con las que ellas mismas habían sido regaladas.
Piden permiso al Fundador y en el año 1943 se construye allí el primer “Santuario filial de Schoenstatt” en el mundo. Hoy son más de 200 Santuarios los construidos en los cinco continentes y que vinculados estrechamente al origen, al Santuario original en Schoenstatt, son lugares de peregrinación y gracias especiales.

La práctica pastoral del Padre Kentenich será también providencialmente decisiva en la construcción de esta red de santuarios. En el tiempo de su exilio en Milwaukee/USA  el Fundador tendrá la oportunidad de ayudar a un nutrido grupo de matrimonios en su formación y anhelo religioso. Muchos de estos matrimonios sentían la necesidad de ayuda en la educación de sus hijos y en las preocupaciones de su vida diaria. La crónica cuenta que una de las mamás del grupo, después de haber leído la charla del Padre Kentenich a los primeros congregantes, conocida como Acta de Fundación, le preguntó al Fundador si no sería también posible invitar a la Santísima Virgen a que se estableciera en su hogar, y que allí Ella actuara como lo hacía en el Santuario original y en los Santuarios filiales.

La reacción del Padre Kentenich fue: “Let’s try” – “Probemos”. Era habitual en nuestro Fundador el estar abierto a las voces del alma de los suyos, y a descubrir posibles sugerencias de Dios en la actuación de las personas. Los frutos de vida serán la confirmación del querer de Dios. Pasado un tiempo, y después de constatar la actuación de la Santísima Virgen en los hogares de aquellos matrimonios, el Padre Kentenich dijo: “Y ahora escuchen muy bien: Lo que voy a decir es de importancia elemental para el futuro: Todo lo que es válido para el Santuario Original y los santuarios filiales, es válido también para el Santuario Hogar.”  ( P. J. Niehaus, 2013). A partir de estos inicios surgirá una red de santuarios hogares por todo el mundo, lugares santos en medio del quehacer diario, fuente de vida cristiana y auxilio para tantas familias que así lo viven.

El núcleo de este “organismo de los santuarios” se va a cristalizar en el “santuario del corazón”. Dios habita en nuestros corazones desde el día del bautismo, Él es el “Dios de mi corazón”. El Padre Kentenich hablaba del santuario del corazón como “el cielo dentro de mí”, como el lugar privilegiado del encuentro de la persona con Dios. Y así la persona misma se convierte por su anhelo y por la gracia de Dios en un santuario vivo, lugar desde el que se reflejará la luz de Cristo a los demás.

lunes, 12 de enero de 2015

El Santuario de Schoenstatt y sus gracias

Peregrinar es junto al ayuno, la meditación y la oración una de las prácticas más antiguas y probadas de todas las religiones. Las peregrinaciones son propias también de nuestro entorno católico y forman parte importante de la pedagogía de lo religioso y sobrenatural. Dos características marcan a los lugares de peregrinación: la primera es la fe en la realidad de que el lugar en cuestión es un lugar sagrado y que en el mismo la Santísima Virgen – en el caso de los santuarios marianos – regala sus gracias especiales y peculiares a los que allí peregrinan y así lo piden. La segunda característica viene dada por la presencia en ese lugar santo de casas religiosas y comunidades que tienen su tarea apostólica en la atención y evangelización de los peregrinos.

El Padre Boll nos invita hoy a reflexionar sobre el Santuario de Schoenstatt y sus gracias de peregrinación, y lo hace recordando al Fundador y a lo que de él recibió en este contexto. Nos cuenta que en muchas ocasiones escuchó al Padre Kentenich decir que “sin el Santuario no podría nada”. Sabemos que el núcleo vital de todo el Movimiento de Schoenstatt está en el Santuario; éste es el lugar santo en donde se hace realidad la alianza de amor de María con sus hijos. El Padre Kentenich estaba convencido de que la existencia del Movimiento que él fundó estaba íntimamente ligada al Santuario.

Boll cita en este contexto una frase del Fundador del 13 de mayo de 1952: “Permítanme que repita que yo jamás hubiera tenido la valentía y hoy tampoco la tendría de acometer lo que implica nuestra gran tarea, si nuestro Santuario no hubiera llegado a tener para toda la Familia en su valor propio y en su contenido simbólico el lugar que a todas luces le ha asignado la Divina Providencia. El plan de Dios y el Santuario están esencialmente unidos.”

Ya al poco tiempo del acto de fundación en la primitiva Capilla de San Miguel en Schoenstatt, el Padre Kentenich observa desde su ventana en la casa que linda al Santuario las frecuentes visitas de los primeros congregantes a este lugar. En sus conversaciones durante la dirección espiritual con los seminaristas se da cuenta del crecimiento espiritual y religioso y del anhelo apostólico de los mismos. Otro tanto ocurrió después con muchos de los jóvenes universitarios que llegaron al Movimiento al concluir la primera guerra mundial. El Fundador ve con alegría con qué entusiasmo y seriedad la gente joven intenta mover a la Santísima Virgen para que convierta la capilla antigua del cementerio, la capilla de San Miguel, en un lugar santo de peregrinación, y constata también que simultáneamente la Madre de Dios así lo quiere y así lo refleja en el alma de los que se acercan con fe a este lugar. Con ello se confirma el anhelo inicial del acto de fundación, que aspiraba a que la Santísima Virgen tomara posesión del lugar por amor a los que allí acudían ofreciéndole sus sacrificios y sus esfuerzos por la santidad.

A partir de estas experiencias el Padre Kentenich hablará de las gracias de peregrinación del pequeño Santuario, concretándolas en tres: la gracia del cobijamiento, la gracia de la transformación interior y la gracia de la fecundidad apostólica.

Está claro que en este lugar de peregrinación no se van a dar preferentemente curaciones de enfermedades físicas, el regalo de Schoenstatt es otro. El carisma de este lugar de peregrinación apunta a las necesidades interiores de la persona, a las que la Santísima Virgen quiere dar una respuesta y ofrecer su solución. En un tiempo en que los vínculos personales que nos sostienen se destruyen fácilmente, se da ese anhelo de cobijo y hogar que es el motivo de la peregrinación de muchos de los que acuden a este Santuario. La mirada de la Santísima Virgen desde su imagen en este lugar hace que nos sintamos cobijados y podamos revitalizar nuestros vínculos con Ella y con las personas de la Santísima Trinidad. Es la “gracia del cobijamiento interior”: “¡Qué bien estamos aquí!”.

A partir de la experiencia que nos regala la primera gracia de peregrinación, se da la segunda: “la gracia de la transformación interior”. El Padre Boll aclara que la experiencia de sentirse acogido y amado, apoyado en una alianza de amor, cambia a la persona. Con el tiempo se dará la sanación del corazón y el proceso de transformación espiritual hará de ella un ser nuevo, una persona en plenitud.

Es evidente que con este regalo del cielo va unida también una tarea. Se trata de hacer llegar a otros la experiencia vivida en el lugar y posteriormente en la propia vida, y así poder ayudar a la Santísima Virgen en su tarea de conservar y renovar la fe de la personas. El Padre Kentenich llama a esta gracia de peregrinación "la gracia de la fecundidad apostólica”.

Deseo resumir diciendo que las tres gracias mencionadas son expresión y fruto de la alianza de amor con la Santísima Virgen, la fuente original de gracias de este lugar de peregrinación que ha surgido y se mantiene vivo sin aparición alguna por la gracia de Dios y por la fe de los que allí peregrinan.
 .


lunes, 5 de enero de 2015

El título de María en Schoenstatt


Estamos acostumbrados a escuchar invocaciones o títulos de la Santísima Virgen que nos recuerdan lugares de apariciones o hechos importantes ocurridos bajo la ayuda de María. No faltan tampoco las advocaciones que traen a nuestra memoria calificativos o excelencias de nuestra Madre: Lourdes, Fátima, Guadalupe, Montserrat, El Pilar, la Macarena, las Angustias y tantos otros de la tradición católica de nuestro entorno. Y cómo no, tantas y tan bellísimas “glorias” de María que invocamos, entre otras, en las letanías lauretanas del Rosario.

En este contexto, el título que damos a nuestra Madre del cielo en Schoenstatt nos parece algo largo e incluso complicado de pronunciar: “Madre, Reina y Victoriosa tres veces Admirable de Schoenstatt”. El Padre Boll nos invita a profundizar en el significado del mismo a través de un corto repaso a la historia del Movimiento. Valga la observación, que en Lourdes o Fátima, por ejemplo, el título de María surgió inmediatamente después de su aparición en el lugar respectivo, mientras que en Schoenstatt el crecimiento fue lento como la vida misma de todo el Movimiento.

Sabemos que al principio de nuestra historia los jóvenes congregantes invocaban a María con el título de “Mater Ter Admirabilis” (“Madre Tres Veces Admirable”). Lo hicieron así después de conocer la historia del ‘Coloquium Marianum’ de Ingolstad/Alemania y la de su fundador, el jesuita Padre Jakob Rem (1546-1618). El Padre Kentenich se inspiró en esta comunidad mariana de la época de la contra-reforma para animar a los suyos a luchar por la conservación y la renovación de la fe católica de los nuevos tiempos, lo que los jóvenes asumieron con gran entusiasmo. De aquí surge el “paralelo Ingolstadt-Schoenstatt” que nos recuerda la orientación y motivación apostólica que el Fundador de Schoenstatt deseaba para su Movimiento.   

El cuadro que hoy veneramos en todos los Santuarios de Schoenstatt fue un regalo de un profesor de los Palotinos a los congregantes para la antigua capilla de San Miguel. El cuadro era del pintor italiano Luigi Crosio (1835-1915) y tenía el título original de “Refugium Peccatorum”. Los congregantes de Schoenstatt aceptaron el regalo y lo colocaron en la Capilla bajo el título de “Mater Ter Admirabilis”.

El segundo atributo de la Madre de Dios en Schoenstatt es el de “Reina”. Cuando en Alemania surgió el régimen nazi y Europa se vio envuelta en la segunda guerra mundial los schoenstattianos invocaron a María como Reina, pidiéndole a Ella que venciera sobre todos los peligros  que los nazis traían al lugar mismo de Schoenstatt y en general en la vida política y religiosa del país. Como signo de esta corriente se le regaló a María una corona que se colocó en el cuadro del Santuario en Schoenstatt, advocando desde entonces (1939) a la Santísima Virgen como “Madre Tres Veces Admirable y Reina de Schoenstatt”.

Finalmente tenemos que recordar el desarrollo posterior en la historia del Movimiento: sabemos que la visitación a Schoenstatt por parte de la jerarquía eclesiástica llevó al Fundador a estar durante catorce años en el exilio en Milwaukee/USA. El Padre Kentenich estuvo siempre seguro de que la Santísima Virgen cuidaría y velaría por el Movimiento de Schoenstatt y que al final Ella resolvería todos los problemas relativos al reconocimiento del mismo por parte de la jerarquía. Y así ocurrió en el año 1965 con el regreso del Fundador a Schoenstatt. Es en ese momento cuando la Familia reconoce a María como “Victoriosa”. 

Los hijos de Schoenstatt invocamos desde entonces a María con el título “Madre, Reina y Victoriosa tres veces Admirable de Schoenstatt “,  y vemos algo más que un conjunto de atributos de la Santísima Virgen; en este título se reflejan de forma resumida diversas etapas importantes de la historia de Schoenstatt y con ello nos sentimos invitados a vivir las diferentes etapas de crecimiento de sus miembros en la alianza de amor con María en su Santuario.


lunes, 29 de diciembre de 2014

María, colaboradora permanente de Cristo

Cruz de la Unidad
Si en las dos últimas semanas comentamos uno de los pilares fundamentales de la imagen dogmática que el Fundador de Schoenstatt tenía sobre la Santísima Virgen – la Inmaculada -, hoy nos plantea el Padre Boll en su libro un segundo aspecto importante de esa imagen. Se trata de aquello que animó al Padre Kentenich a resumir y condensar en una última raíz todas las características y bondades que se le atribuyen y adornan a María en la tradición y en el sentir del pueblo cristiano.

El Padre Boll recuerda que en las primeras décadas del siglo pasado surgió una corriente teológica en Alemania que tenía como meta descubrir en la mariología lo que se llamó el “principio fundamental”.  El Padre Kentenich se mueve también en esta corriente de pensamiento, pero a su manera. Mientras que los demás teólogos buscaban una construcción lógica de la que se pudieran derivar los diferentes aspectos y facetas de la Santísima Virgen, para el Padre Kentenich con su mentalidad “orgánica” se trataba de algo mucho más vital. Para él María, con la plenitud de gracias recibida de Dios, no se encuentra sola, el sentido de su existencia es Cristo. La biunidad entre Cristo y María.

Esa unidad entre Cristo y María la resumía teológicamente el Padre Kentenich en la conocida frase: María es la “Compañera y colaboradora permanente de Cristo en toda la obra redentora”. La palabra “compañera” significa que Ella estaba y está unida profunda e íntimamente con Cristo mediante una alianza de amor especialísima y original.  “Colaboradora” significa: aunque la Santísima Virgen es sólo una persona humana, sin embargo fue elegida por Dios de forma especial para ayudar al Redentor en forma decisiva desde su condición y característica de madre y mujer. Es en esta perspectiva cómo se puede captar mejor la imagen teológica global del Fundador de Schoenstatt sobre María, para el cual la Madre de Jesús estaba siempre presente en todo.

"Cruz de la unidad" regalada al Santo Padre por un grupo
argentino de "Madrugadores" de Schoenstatt
Consecuentemente María se presenta ante nosotros con la plenitud de gracias recibida no como persona individual: Ella fue creada en razón a Cristo, para servirle a Él y a su obra, el sentido de su existencia es Cristo mismo. Ella es la mujer configurada por Cristo y configuradora de Cristo. En el centro está Cristo, y todo se refiere a Él
y de Él proviene todo. A su lado estuvo desde el principio y está siempre María, su Madre, nuestra Madre en la fe.

Su presencia permanente al lado de Cristo culmina en el calvario, en el momento crucial y definitivo de la obra redentora de su Hijo. “Stabat Mater”,  junto a Juan, el discípulo amado, estaba Ella plenamente unida a su Hijo. En la hora más significativa del dolor redentor de Cristo, éste pronunció aquella palabra crucial que resume la vocación última de María en la obra redentora del Hijo: “¡Eh ahí a tu Madre!” Madre de Juan y madre y educadora nuestra para siempre.

Imagen de un Santuario hogar de Schoenstatt
A finales de los años cincuenta del siglo pasado, todavía en vida del Padre Fundador, surgió entre los sacerdotes chilenos pertenecientes al Movimiento de Schoenstatt la idea de plasmar en una imagen esta biunidad de Cristo y María. De allí recibimos la “Cruz de la unidad” que encierra en sí todo el sentir mariológico del Padre Kentenich, y que ha llegado a ser con los años una expresión especial de la espiritualidad mariana del Movimiento de Schoenstatt en todo el mundo.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Un estilo de vida "mariano" (¿?)

Al leer lo escrito por el Padre Boll respecto a las consecuencias pedagógicas del dogma de la Inmaculada me han venido a la mente algunas imágenes de las calles y plazas de nuestras ciudades modernas y la forma de vestir de muchas personas de nuestro tiempo. Contemplo los pantalones vaqueros superpitillo con roturas y/o con desgastado de New Look o aquellos otros bien ajustados al cuerpo de la mujer que lucen muchas de nuestras jóvenes y otras no tan jóvenes. Algún gurú de este sector comercial ha dicho que “la moda es la manada” pero que lo interesante es hacer lo que a uno le de la gana, sin olvidar también que “la moda reivindica el derecho individual de valorizar lo efímero”.

Hablar y escribir en este ambiente sobre un “estilo de vida mariano” me parece bastante atrevido. La pregunta que me hago es: ¿habrá alguien que lo entienda?, o incluso ¿y este tema a quién le puede interesar? Aun en el supuesto de provocar en los lectores alguna reacción inesperada, quiero, de la mano y pluma del Padre Boll, referirme a un tema importante para el Fundador de Schoenstatt, Padre Kentenich: la imagen del hombre redimido.

El Padre Kentenich estaba convencido de que la imagen de la Inmaculada nos fue dada para salvar la dignidad del hombre. Él se preguntaba: “¿No es llamativo que la idea del hombre colectivista haya aparecido en la literatura simultáneamente a la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción?”  En su anhelo pedagógico enseñaba que los dogmas no son decisiones vacías de contenido.  “Son puntos de apoyo que nos brindan firmeza y seguridad en la vida, tanto para su trasmisión como para su desarrollo”. Por el dogma de la Inmaculada llegamos a tener más luz respecto a la imagen del hombre plenamente redimido y también se nos mostró la dirección y la meta para todas las luchas y aspiraciones humanas.

En este sentido comprenderemos mejor que para el Padre Kentenich toda delicadeza y magnanimidad, toda actuación franca, leal y llena de espíritu, y todo lo auténtico y noble en el ser humano, tiene, y mucho, que ver con María. De ahí que surgiera entre los hijos e hijas del Fundador el adjetivo “mariano” para clarificar todo lo referido a la forma de estar y de comportarse, la forma de vestir y de comer y de todas las demás actividades diarias propias de la persona humana. Todo ello es consecuencia de que los que aspiran a ese estilo se han tomado en serio la realidad de la Inmaculada. Es algo que no se encuentra en los libros de mariología, y que incluso para el Padre Boll fue al inicio de sus relaciones con el Fundador algo difícil de comprender.

Él reconoce que al estar y convivir con el Padre Kentenich tuvo la oportunidad de captar lo que al inicio era difícil de entender, lo que en verdad era y es una persona “mariana”. En el Fundador experimentó a un hombre con una destacada delicadeza de espíritu, como si hubiera superado en parte  el desgarro y las rupturas interiores propias de la naturaleza caída. En su persona, en la armonía de su forma de pensar, querer y sentir, pudo Boll llegar a tener una idea sobre el ser y actuar de María.

En sus reflexiones, el Padre Boll entiende que para muchos sea algo difícil poder hablar así de la Inmaculada, y que todos estos pensamientos superen al hombre actual. Sin embargo en la cercanía del Padre Kentenich pudo él experimentar que la Inmaculada no es algo raro y sin sentido para el pensar moderno. Aunque es verdad que la Inmaculada como ideal de vida nos parece algo inalcanzable, también es cierto que si contemplamos de forma respetuosa toda nuestra naturaleza humana y la elevamos, toda ella, a la realidad de Dios y de su gracia, entonces sentiremos que la Inmaculada no es algo tan elevado y fuera de nuestro alcance.

Con todo ello el Padre Kentenich nos invita a descubrir en nosotros ese anhelo propio del ser humano de llegar a ser hombre en plenitud, en el que todo – cuerpo y alma – está unido de forma armónica y plena. Es el hombre de un pensar, amar y vivir orgánico, que ayudado por una educación de Inmaculada experimenta en sí  mismo la interacción armónica de la naturaleza y de la gracia, superando así las consecuencias negativas del pecado original.

La fuerza de atracción de un cristiano viene hoy dada por un estilo de vida humano orgánico que convenza y no tanto por solemnes declaraciones, por muy interesantes que estas sean. Los miembros de los institutos de Schoenstatt, como hijos cercanos al Fundador,  con otros miembros del Movimiento, llaman a ésto “un estilo de vida mariano”

lunes, 15 de diciembre de 2014

La Inmaculada en la labor pedagógica del Padre Kentenich

Continuando con las reflexiones del Padre Boll sobre la imagen que el Fundador de Schoenstatt tenía sobre la Santísima Virgen quiero destacar hoy las consecuencias que el dogma de la Inmaculada ha tenido para la persona y para la pedagogía del Padre Kentenich, y consecuentemente para la orientación pedagógica de toda su familia de Schoenstatt.

Al Padre Kentenich no le bastaba tener claro lo que el dogma definió en este caso sobre María, él fue más allá: La Santísima Virgen como Inmaculada no era para él un modelo inalcanzable, al contrario, Ella por ser Inmaculada tiene una misión especial para la humanidad. De ahí su convencimiento de que toda persona que se vinculara a la Madre de Dios experimentaría su ayuda para ir siendo cada vez más, como Ella, una persona orgánica que vive en armonía con Dios y consigo misma.  Porque para el pedagogo Kentenich el hombre solo se puede desarrollar como persona en plenitud si la naturaleza y la gracia están en armonía.

El Padre Boll constata en los múltiples contactos personales del Fundador con sus hijos espirituales el esfuerzo de éste por desarrollar la personalidad de cada uno en esa dirección. Desde su convencimiento de que Dios había realizado una sola vez, en María, su sueño sobre la persona humana, aconsejaba que toda pedagogía debiera estar encaminada a contribuir a que se restableciera esa unidad armónica en el educando en tanto fuera posible. Y así fue como en Schoenstatt se desarrolló una “educación-de-inmaculada” que pretende ayudar a vencer con la gracia la ruptura del pecado original en el hombre, construyendo sobre la base de una naturaleza humana sana que  contribuya así al desarrollo de la persona en plenitud armónica como Dios la había pensado desde toda la eternidad.

Sabemos de la facilidad que el idioma alemán ofrece para la construcción de nuevas palabras. El Padre Kentenich hacía uso abundante de esta posibilidad. En el contexto de las reflexiones sobre la Inmaculada y la persona humana que venimos comentando, encontramos un término que él acuñó y es hoy conocido entre los schoenstattianos: “persona-inmaculada” (“Immaculata-Mensch”).  ¿Qué caracteriza a esta “persona-inmaculada”? El Padre Boll nos cuenta cómo en el trato con la persona del Fundador fue descubriendo ese significado. El Padre Kentenich reflejaba en su persona de forma muy natural esa unión entre lo natural y lo sobrenatural.

Él tenía claro que Dios había creado al hombre tal como es, con cuerpo y alma. Naturaleza y gracia han sido creadas por Dios y ambas se influyen mutuamente. Su tesis era: “Primero hombre, después cristiano y consecuentemente hombre en plenitud”. En la educación de la persona humana es la Inmaculada el modelo, la guía y la meta. En este sentido “inmaculada” significa que todo lo humano y lo natural, lo corporal y sexual debe ser incorporado en el ámbito de la gracia, porque todo procede de Dios. Cuanto más crezca la persona en el mundo de la gracia, tanto más crecerá ella sana y armónica en toda su naturaleza. Ese era el sueño y esa sigue siendo la meta pedagógica que el Padre Kentenich tenía para todos sus hijos.    

lunes, 8 de diciembre de 2014

La imagen de María: Ella es la Inmaculada

(Nota previa: 
Providencialmente debo comentar hoy parte del capítulo que el Padre Boll dedica a los principios más importantes de la mariología del Fundador de Schoenstatt, en este caso la Madre de Dios como la Inmaculada. Y al hacerlo, me siento en la obligación de traer al recuerdo de muchos de mis lectores la figura del predecesor del Padre Boll en las tareas de Asistente Espiritual del Instituto de Familias de Schoenstatt, el que fue padre espiritual y educador de muchos de los matrimonios que pertenecen a las generaciones fundadoras de este instituto, al Padre Rudolf Mosbach de la comunidad de los Padres de Schoenstatt, que falleció el 6 de noviembre de este año a la edad de 93 años. 
Su dedicación en Schoenstatt le llevó a una vinculación muy profunda con el Padre Kentenich, con su persona, su espiritualidad, su  misión de vida y con su Familia de Schoensatt. Todos los que le conocimos, recordamos su esfuerzo por llevarnos y llevar a muchos otros a una vinculación personal con el Padre Kentenich, a dar a conocer su espiritualidad y así servir a todo el Movimiento de Schoenstatt en el sentir y querer del Fundador. ¡Descanse en paz, y que  siga siendo fuente de inspiración para todos nosotros!
Justamente en este sentido pienso en tantas reuniones y conferencias del Padre Mosbach con el tema de la INMACULADA. Valga recordar, para los que le conocieron y fueron sus hijos espirituales, las innumerables citas de la “Jornada de octubre de 1950” del Padre Kentenich y también sus meditaciones y reflexiones a partir de los aforismos del librito “María, signo de luz”. Por su boca hablaba el Padre Fundador. ¡Gracias, Padre Mosbach! ¡Mi esposa y yo le agradecemos públicamente todo lo que hizo en los tiempos de nuestra formación en el Instituto!)



La imagen de María: Ella es la Inmaculada

Hoy, el tema del libro que comento nos lleva a una primera consideración sobre la imagen de María como Inmaculada, imagen que el Padre Kentenich legó a todos sus hijos y que es un principio fundamental de su mariología.

El Padre Boll lo expresa así: “María como Inmaculada se presenta ante nosotros como la persona concebida sin pecado original. Aquella que es desde el primer momento de su existencia “la llena de gracia”. María es la persona plena tal y como el Creador lo había pensado para sus criaturas, el prototipo de la persona en la que la naturaleza y la gracia están entrelazadas de una forma armónica y plena. Ella está siempre y totalmente abierta para Dios y su voluntad, anclada y cobijada plenamente en lo divino, y a la vez plenamente humana, totalmente natural. El entendimiento y la voluntad, el sentimiento y el espíritu están vinculados de forma armónica. Ella es el sueño de Dios sobre el hombre pleno y redimido.”

En las conversaciones que tuvo el Padre Boll con el Fundador pudo captar poco a poco lo que la Santísima Virgen como Inmaculada suponía en concreto para el Fundador, las consecuencias derivadas de esta convicción para su propia vida y para su actuación como educador. Boll confiesa que nunca hasta entonces había encontrado a teólogo alguno que hubiera tomado tan en serio el dogma de la Inmaculada, a ningún teólogo que hubiera tenido tan claro los efectos antropológicos del pecado original como el Padre Kentenich. Él había captado en toda su amplitud lo que significa estar marcados por ese pecado; se refería a él diciendo: “Una ruptura o desgarro atraviesa todo nuestro ser”. Todos nosotros padecemos esa ruptura interna en la separación del cuerpo y del espíritu y alma, en la separación o incoherencia entre mente y corazón, entre vida divina y vida humana natural. Incluso los cristianos ya bautizados y redimidos por Cristo cargamos hasta el fin de nuestras vidas con esa pesada carga.

María, la Inmaculada, está ante nosotros como la “gran señal”, como aquella que al nacer sin el pecado original se vio liberada consecuentemente de las consecuencias del mismo. Ella es la persona plenamente redimida a la que todos aspiramos desde lo más profundo de nuestra alma. Ser aquella persona en lo que lo natural y lo sobrenatural estén orgánicamente entrelazados.

(Continuará el próximo lunes)

lunes, 1 de diciembre de 2014

La imagen de María en Schoenstatt - El Santuario

Las reflexiones que se hace el Padre Boll en los siguientes capítulos de su libro están centradas en la imagen de María del Padre Kentenich, en su piedad mariana y en su mariología. Sabemos que a partir de esta imagen ha ido creciendo una espiritualidad mariana en la familia schoenstattiana que se destaca por su originalidad en la Iglesia de hoy.

Comienza haciendo referencia al Santuario, al lugar de gracias de la Santísima Virgen en Schoenstatt. Valga recordar la renuncia del Fundador a basar su espiritualidad mariana en apariciones, visiones u otros fenómenos parecidos relacionados con el lugar de peregrinación y gracias de Schoenstatt. Consecuentemente el Padre Kentenich quería que la espiritualidad mariana de sus hijos espirituales se apoyara exclusiva y sencillamente en la fe católica. Nunca quiso que su piedad se hiciera dependiente o estuviera influenciada por fuentes extraordinarias.

Esta actitud del Fundador es, según el Padre Boll, absolutamente consecuente con sus principios fundamentales referidos a la vida de fe. Él consideró como una misión especial de Schoenstatt para la iglesia de los nuevos tiempos que, prescindiendo de fenómenos extraordinarios, se viviera la fe de la iglesia con toda calidez y con todas sus consecuencias.

Valga anotar también que el Padre Kentenich, como hace la misma iglesia, deja libertad a cada cristiano para que crea en la autenticidad de las apariciones, en tanto en cuento las mismas sean reconocidas o permitidas por la autoridad eclesiástica correspondiente. En este sentido recordamos que el Fundador conoció las apariciones de Fátima cuando estaba prisionero en el campo de concentración de Dachau, lo que le inspiró para escribir una reflexión sobre Fátima y Schoenstatt, en la que pone de manifiesto las diferencias de ambos lugares de gracia y en la que destaca lo específico de Schoenstatt.

En las próxima “entradas” dirigiremos nuestra mirada a la imagen dogmática de María; veremos que hay dos puntos de partida importantes en la mariología del Padre Kentenich que caracterizan esa imagen.
Por una parte veremos el esfuerzo del Fundador por legar a los suyos un “principio fundamental” de la mariología; este sería la bi-unidad entre Cristo y María. O expresándolo desde la teología: María es según la idea original de Dios la compañera y colaboradora permanente de Cristo en toda la obra redentora.
Y un segundo y destacado punto de partida para toda la mariología y piedad mariana es la importancia de la Santísima Virgen como Inmaculada, la “llena de gracia”, el sueño de Dios sobre toda criatura humana. Destacando también las consecuencias pedagógicas que este dogma tiene o debe tener para la vida de cada cristiano.


  

lunes, 24 de noviembre de 2014

Pruébenme primero que me aman ..............

Parece que la expresión que el Padre Kentenich pone también en boca de María el 18 de octubre de 1914 ante los congregantes: "pruébenme primero por hechos que me aman realmente", hubiera despertado algún recelo en algunas de las personas que el Padre Boll conocía. Por ello intenta explicar el verdadero significado que esta frase tenía en la mente y en el corazón del joven sacerdote José Kentenich. Quiero pensar que este último tuvo que explicárselo al autor del libro en sus largas conversaciones de Milwaukee.

Está en primer lugar la aclaración de que en el lenguaje y en el sentir del Padre Kentenich la palabra alemana "beweisen" (probar) tiene a menudo el significado de "mostrar" o "expresar". El Padre Boll lo sabía por la cantidad de ocasiones en que le escuchó esta palabra en sus pláticas y conferencias. Siendo así, la correcta traducción al español de  lo dicho por el Fundador aquel día sería: "Mostradme que me amáis ....", o dicho de otra forma "dejad que experimente vuestro amor".

Por otra parte tenemos que recordar que en el mes de octubre del 1914 existía ya una relación entre los jóvenes congregantes y la Santísima Virgen. No se trata por lo tanto de establecer por primera vez esas relaciones. Lo que está en juego ese día más bien es destacar un nuevo nivel en las mismas. El Fundador intenta con estas palabras que los jóvenes comprendan el plan que Dios tiene con ellos: Él quiere fundar en Schoenstatt un lugar de gracias de su santísima Madre y desea para ello la colaboración de los congregantes. Las palabras son por lo tanto una invitación para que le muestren con hechos que se esfuerzan por su santidad. Sería como una competición entre dos personas que se aman y que elevan sus exigencias mutuas de amor en la lucha por una meta común. El "nada sin nosotros" sería por tanto la premisa que Dios ha querido poner para que la acción de la Santísima Virgen se haga presente en su Santuario.

La fecundidad de María en este lugar de gracias viene descrita en otra frase que el Fundador dice (nuevamente poniéndolas en boca de María) en aquel día a los jóvenes congregantes: "Entonces con gusto me estableceré en este lugar y distribuiré abundantes dones y gracias. Entonces atraeré desde aquí los corazones jóvenes hacia mí, y los educaré como instrumentos aptos en mi mano."

Ahora podemos entender que en Schoenstatt se invoque a María con el título de Madre y Educadora. Desde tiempos inmemorables la Iglesia venera a María como Madre, en Schoenstatt estamos convencidos que esta madre acogedora ha recibido de Dios la tarea de educarnos, de hacernos verdaderos discípulos de su Hijo Jesús cuando nos acogemos a su protección.
El Padre Kentenich fue el primero en experimentar esta acción educadora de la Santísima Virgen; al comentar algunos episodios de su niñez y juventud dice textualmente que María "fue la única maestra de su vida". Cuando el Fundador habla de "la fuerza formadora y la sabiduría educadora" de la Virgen, lo dice porque lo ha experimentado él mismo, y por ello está convencido de que María tiene hoy una misión especial como Educadora del hombre nuevo, del nuevo cristiano. Ahora podremos comprender mejor porqué el movimiento de Schoenstatt tiene también la misión de educar y formar al "hombre nuevo".

lunes, 17 de noviembre de 2014

"Ego diligentes me diligo" - Amo a los que me aman

En las páginas anteriores del libro que comento, el Padre Boll nos recordaba la misión que la alianza de amor en Schoenstatt tiene para la Iglesia: anclados en el mundo sobrenatural vivimos y actuamos en el convencimiento que no estamos solos, que la Santísima Virgen, nuestra madre, es fiel a la alianza que ha sellado con nosotros y que nunca nos abandona.

Esta misión que está vinculada al Santuario de Schoenstatt en virtud  del acontecimiento fundacional se hace dependiente de la colaboración humana. Recordamos la charla que el Padre Kentenich dio a los primeros congregantes, la llamada “Acta de fundación”; en ella el Fundador pone en boca de María las siguientes palabras: “No se preocupen por la realización de su deseo. Ego diligentes me diligo. Amo a los que me aman. Pruébenme primero por hechos que me aman realmente y que toman en serio su propósito. Adquieran por medio del fiel y fidelísimo cumplimiento del deber y por una intensa vida de oración muchos méritos y pónganlos a mi disposición. Entonces con gusto me estableceré en medio de ustedes y distribuiré abundantes dones y gracias.”

Me llama la atención el hecho de que el Padre Boll se haya fijado en las dos frases: “Amo a los que me aman” y “Pruébenme primero por hechos que me aman realmente”. Es evidente que él desea aclarar lo que aparentemente puede ser una contradicción o no coincidir con nuestro convencimiento de que la Santísima Virgen ama a todos y no sólo a unos privilegiados o especialmente aplicados. En su labor de dirección espiritual el Padre Boll tuvo la ocasión de escuchar a muchas personas que tenían sus problemas con estas dos aseveraciones.

Viene ahora a nuestra mente la frase que encontramos a menudo en nuestros Santuarios: “Nada sin Ti, nada sin nosotros”. El “nada sin ti” expresa el convencimiento creyente de que todo lo que recibimos en la alianza de amor es un regalo y una gracia divina. Pero junto a esto está también el convencimiento de que Dios quiere vincular sus gracias a nuestra colaboración humana, “nada sin nosotros”. Todo el orden salvífico del Nuevo Testamento está marcado por esta relación. Pensemos, por ejemplo, en los sacramentos; en los mismos Dios nos regala abundantemente con su vida divina, pero exige la fe del creyente y su activa colaboración. Los sacramentos nos son pura “magia”.

En Schoenstatt vale lo mismo: Dios nos regala la cercanía y la ayuda de la Santísima Virgen en nuestra aspiración por una mayor vinculación a Dios, y espera nuestra disponibilidad para que nos esforcemos por ello con todas nuestras fuerzas. Esta actitud no es una exigencia sino un regalo entre personas que se aman. El Padre Boll dice que esta relación es “una tarea especial que vincula a los amantes, que juntos se esfuerzan por alcanzar una meta más alta y que se ayudan mutuamente para ello.”



lunes, 10 de noviembre de 2014

La misión de María desde Schoenstatt

El fundador de Schoenstatt, Padre José Kentenich, estaba convencido de que la Santísima Virgen tiene desde Schoenstatt una misión especial para la iglesia y el mundo. El Padre Boll, en las páginas de su libro que ahora comento, explica y subraya la idea de que Schoenstatt surgió a partir de una iniciativa divina que se concretó a través de María. Ella se ha establecido en el Santuario de Schoenstatt y allí ha sellado con nosotros una alianza de amor. En primer lugar lo hizo en el acontecimiento histórico del 18 de octubre de 1914 y lo sigue haciendo en cada alianza de amor que se realiza a ejemplo de la primera.

Desde Schoenstatt estamos llamados a “romper una lanza” por María ayudando a que en la teología actual se destaque y valore la posición que Ella tiene en el plan de redención. De ello se deduce también la necesidad de conocer bien el desarrollo de la mariología y de la piedad mariana de nuestros días. Es claro que los primeros llamados a seguir este camino somos los mismos schoenstattianos, teniéndolo claro, primero, y dando a continuación testimonio vivo de ello en nuestro entorno.

En uno de los pasajes del libro el Padre Boll recuerda una reunión que él mismo y otros estudiantes de teología tuvieron con el Padre Kentenich en Milwaukee en los años sesenta. Los estudiantes defendían, a ejemplo de otros teólogos, que María debería ser vista por los cristianos como modelo en la fe. Ante tal aseveración el Padre Kentenich dijo, haciendo mucho hincapié, lo siguiente: “¡No, eso no es suficiente! María ha recibido de Dios una tarea en el orden salvífico del Nuevo Testamento. Ella tiene una misión y Ella actúa. Y su actuación será fecunda en la medida que nosotros nos insertamos en la misma, permitiendo que Ella actúe a través nuestra. Quien crea en ello y quien deje que Ella haga, llegará pronto al convencimiento de que la Santísima Virgen ha recibido de Dios una tarea y el poder de llevar a cabo la misma.”

La historia de Schoenstatt está repleta de situaciones aparentemente desesperadas y sin solución que finalmente se resolvieron de forma increíble. En la fe estamos convencidos de que fue María quien lo hizo. Es una experiencia que todos nosotros, los que hemos sellado la alianza de amor con Ella en el Santuario, podemos también contar en nuestras vidas. Hay una pequeña oración en nuestra Familia que encierra el anhelo y la confianza que nos anima: “En tu poder y en tu bondad fundo mi vida, en ellos espero confiando como un niño. Madre Admirable en ti y en tu Hijo creo y confío ciegamente.”

Es el ejemplo que el Padre Kentenich nos dio: estar firmes y seguros, anclados en el mundo sobrenatural. La realidad de nuestra alianza de amor con María nos hace experimentar que “yo no estoy nunca solo, la Santísima Virgen ha sellado conmigo una alianza, y todo lo que yo hago, puedo hacerlo confiando en Ella”. Este es el núcleo de la misión que tiene la alianza de amor en Schoenstatt para la iglesia y el mundo de hoy.


lunes, 3 de noviembre de 2014

María en la vida del P. Kentenich

En su propósito de aportar algunas reflexiones para que la figura del fundador de Schoenstatt sea más conocida y apreciada, el Padre Boll aborda en los siguientes capítulos de su libro la relación del Padre Kentenich con la Santísima Virgen. Hasta ahora, en los capítulos pasados, nos había traído sus pensamientos sobre la figura del fundador como el hombre elegido por Dios para regalar a la iglesia un movimiento de renovación y apostolado. Ahora nos invita a fijarnos en María.

En su introducción al tema el Padre Boll nos dice: “La figura y la misión del Padre Kentenich no se comprenderán si no se tiene en cuenta su profunda y extraordinaria relación práctica y creyente con la Santísima Virgen María”.   Y más adelante se referirá a su encuentro con el Fundador:  “ …. naturalmente que los dos hablamos sobre la teología mariana, pero lo central no era la reflexión sino el vivir y moverse en un mundo, en el que Dios es una realidad efectiva y en el cual la Madre de Dios juega un papel central”

Por último el Padre Boll recuerda la mariología del teólogo Matthias Josef Scheeben (1835-1888) citada por muchos padres de la iglesia, destacando una idea central de su pensamiento: María está “in medio Trinitatis”, “en medio de la Trinidad”. En la meditación sobre esta realidad creció en él mismo el asombro y la fascinación por la figura de María. En las conversaciones con el Fundador llegó a captar la importancia de este pensamiento en una frase que le oyó decir a menudo: “¡María es la única persona humana que es consanguínea con Dios!”. Para el Padre Kentenich no existía primero un gran capítulo sobre Dios y a continuación un apéndice o pequeño apartado sobre María; Ella era parte del todo. Y fue así como Ella vivió también en el corazón del Fundador.

A este respecto valga recordar el acontecimiento salvífico de la cruz de Cristo. Jesús le dijo entonces al discípulo: “Ecce mater tua”, “¡Eh ahí a tu madre!”, “Y desde entonces el discípulo la tomó en su casa”. Esta realidad se hizo presente también en la vida de José Kentenich; sabemos que en su niñez tuvo José que vivir con su abuela, porque su madre tenía que trabajar en otra ciudad y no podía cuidarlo. A los 9 años y dada la avanzada edad de la abuela, la madre llevó al hijo a un orfanato de la ciudad de Oberhausen. Aquel día, al entrar en el edificio de las dominicanas, madre e hijo se fijaron en una estatua de la Santísima Virgen que estaba en la casa. La madre, en su impotencia y dolor, se dirigió a María diciéndole: “Yo no puedo ahora cuidar más de mi hijo, sé tú ahora su madre”. Y como prenda le dejó a la Virgen lo único valioso que poseía, una cadenita de plata con una cruz, recuerdo de su primera comunión. Sabemos que María se tomó en serio la petición. Años después el Padre Kentenich referiría en sus predicaciones con ardor y firmeza que María no solo cuidó de él como una madre, sino que era en verdad su madre.

Sabemos también que en la época de su juventud el Padre Kentenich vivió en la más absoluta soledad. En su crisis juvenil fue ‘zarandeado’ espiritualmente y sufrió por ello. En un escrito del año 1955 el Padre contará que: “Durante estos años mi alma se mantuvo en un cierto equilibrio mediante el amor personal y profundo a María”. Y más adelante: “A posteriori sería más fácil comprender su sentido (el de la soledad). El alma debía quedar libre de influencias extrañas, especialmente las de índole personal, para permanecer así abierto con todas las fibras del ser a la verdadera maestra de mi vida, a su sabiduría pedagógica y su fuerza educadora. Me refiero a la Santísima Virgen. ……. Este proceso vital se puede encontrar ya en los primeros años de mi infancia.”

El Padre Kentenich vivió plenamente en un mundo mariano, habló públicamente de ello y llevó a muchos a María. En él y en su familia espiritual se hizo y se hace realidad lo que Juan nos cuenta en su evangelio: “Y la madre de Jesús estaba presente”. (Jn 2,1)


lunes, 27 de octubre de 2014

Un riesgo de fe - el fundador y el acto de fundación

El Padre Boll nos invita a reflexionar sobre el acto de fundación de Schoenstatt en aquel memorable dieciocho de octubre de 1914 y a profundizar en lo acontecido en el alma del Padre Kentenich en aquellos días y semanas posteriores a su charla a los seminaristas.

Alguno puede pensar que en la tarde del dieciocho de octubre citada un sacerdote joven y piadoso se reúne con unos jóvenes en una capilla que estaba más o menos abandonada y se dirige a ellos con una plática; se podría pensar que se trata de una ‘práctica piadosa’ cualquiera cuyo contenido se olvidará pronto, como ocurre con lo escuchado en tantas homilías. Pero el asunto no fue así.

El sacerdote citado, P. José Kentenich, da un salto de fe y vive el momento de fundación como “el mayor riesgo de fe de su vida”; así lo aclarará después a sus hijos espirituales más cercanos. El riesgo de aferrarse en la fe al convencimiento de que Dios tenía un plan de amor con él y con el lugar de Schoenstatt como un lugar de peregrinación. Un salto mortal para el entendimiento, para la voluntad y para el corazón.

En un diálogo con unos estudiantes de teología que tuvo lugar en Milwaukee en el año 1963, el fundador contestó a la pregunta de cuál había sido el riesgo de fe más grande de su vida, si Dachau o el día de la fundación: “Dachau no, sino octubre de 1914, porque los motivos que sostenían el fundamento de mi fe eran muy débiles, y la transcendencia del salto de fe fue mucho mayor”.

Como se puede deducir, el acontecimiento del acto de fundación sólo se podrá entender en su profundidad e importancia desde la fe. La fe práctica en la Divina Providencia es para el Padre Fundador una cosmovisión, su segunda naturaleza. El fundador está convencido en esta ocasión, como en tantas otras, de que Dios tiene un plan y que todo lo que ocurre o permite está orientado a llegar al plan de amor previsto por Él.

El Padre Boll cuenta: “En el atardecer del día 18 de octubre de 1914 hay solamente una persona que sepa de lo ocurrido y que vislumbre en parte la importancia de los hechos para la historia de la iglesia; esa persona es el fundador mismo. En ese momento la tensión en su alma es grande: ¿Qué seguiría a lo acontecido? ¿Confirmaría la “resultante creadora” el significado de lo que él había arriesgado en su confianza creyente? El camino de la aventura del Padre Kentenich como fundador, como instrumento del Dios providente, comenzó en ese día. El Dios de la vida y de la historia, mediante su intervención, había fijado de una vez para siempre el camino concreto y dado el carácter y modalidad decisivos al germen que haría de Schoenstatt un lugar de peregrinación  y de gracias.”

La incógnita para el fundador: ¿responderían los jóvenes seminaristas a la “secreta idea predilecta” que les había transmitido el día dieciocho? Él no haría nada para provocar en ellos una respuesta, él quería esperar a una señal de Dios que le confirmara o no el riesgo de fe por él asumido. De inmediato no se produjo reacción alguna; poco a poco, casi con titubeos, se acercaron uno tras otro los seminaristas, hablaron con él y le dieron su contestación afirmativa. Ese SI creyente de los estudiantes significará para el fundador la confirmación divina que esperaba. Y así, al hacerse visible la “resultante creadora” comenzará a trabajar para concretar la respuesta humana a la oferta de Dios. La semilla plantada el 18 de octubre de 1914 se hará fecunda por la fe de los primeros, como lo ha demostrado la historia de Schoenstatt.