lunes, 25 de mayo de 2015

Un excurso: ¿Adónde está el padre?

“Padre, venga a nosotros tu reino”, su reino, el reinado del Padre. Es parte de nuestra oración cotidiana. Lo imploramos, pero ¿sabemos lo que pedimos? ¿Cómo podemos acercarnos y vincularnos a ese padre celestial al que nos dirigimos y no vemos? El Padre Boll nos apunta en este excurso algunas de las posibilidades y dificultades y que tiene el hombre de hoy para llegar a esa vinculación estrecha con el Padre Dios.

En primer lugar nos recuerda el llamado proceso de transmisión, ese fenómeno psicológico que se da en el interior del ser humano, cuando las experiencias tenidas y realizadas en un nivel de la persona se transmiten a otro nivel de la misma. Recordemos el ejemplo de cómo la experiencia con la autoridad que se ha tenido en la familia se proyecta a las relaciones con los jefes en el trabajo o con la autoridad en la Iglesia. Esa transmisión se da también entre el nivel natural y el nivel sobrenatural.

Cuando rezamos con Jesús: “Padre nuestro, hágase tu voluntad”, la palabra “padre” despierta en nosotros inmediatamente, y sin que podamos evitarlo, asociaciones personales con nuestro propio padre. Dependiendo de cómo “suene” esta palabra en nuestro interior, así nos será fácil o difícil acceder a la actitud filial y plena de confianza que Jesús tiene ante el Padre. El drama de nuestro tiempo es la ausencia del padre, no sólo por lo que esto significa en sí mismo, sino también por las consecuencias que esta situación trae a las nuevas generaciones. Es así que para el Padre Kentenich, Fundador de Schoenstatt, la pérdida de la experiencia paterno-filial positiva en el nivel natural es una de las causas más importantes de la crisis de fe que vivimos en nuestros días.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Ha sido un proceso lento de desintegración y pérdida de la figura del padre. El fundador de Schoenstatt lo intuía ya en los años veinte del siglo pasado. Su dedicación pedagógica le hizo ver, que por una parte se hablaba mucho, ya entonces, del rol de la mujer y de su aportación específica para la sociedad, pero que no se daba una búsqueda semejante en relación al papel del hombre. Precisamente esta situación será para él una llamada de Dios y un desafío. No extraña pues que el Padre Kentenich destacara en gran medida la importancia del varón y del padre, y la pusiera en el centro de su trabajo pastoral y pedagógico.

José Kentenich tuvo ya en su infancia la experiencia de crecer sin padre, sin la experiencia del amor y de la autoridad paternales. Vivió de cerca también las crueles experiencias de las dos guerras mundiales y la pérdida de millones de padres en los frentes europeos. No fue sólo la tragedia de la muerte de tantos soldados, sino las consecuencias que tal pérdida supuso para los hijos y las madres de tantos padres que no volvieron. Las consecuencias demográficas y las secuelas en las siguientes generaciones fueron muy graves.

La figura del padre fue perdiendo importancia en todos los campos. A ello contribuyeron también las tendencias y los nuevos posicionamientos ideológicos de la sociedad occidental. El Padre Boll cita a uno de los psicoanalistas alemanes, Alexander Mitscherlich (1908-1982), que en su libro “Hacia la sociedad sin padre” (1963) resumía el daño anímico producido por los horrores del nacionalsocialismo y sus secuelas psíquicas en actuantes y víctimas. Mitscherlich constataba que la generación de la posguerra había caído en la apatía y la negación de una parte importante de su vida, caminando inexorablemente a una sociedad sin padres.

Toda la literatura que se produjo como respuesta a las teorías de este psicoanalista alemán y la realidad social de los años sesenta del siglo pasado (¡mayo del 68!) y de las décadas que continuaron, vienen a demostrar lo que el Padre Kentenich intuía ya a principios del siglo XX: el padre como una figura central en familia y sociedad está sometido a un cambio profundo en su importancia y en su función pedagógica. Las experiencias negativas del patriarcado y su autoritarismo en el pasado, unido a la presión de un feminismo beligerante han traído consigo la “huída” del padre que, refugiándose en el trabajo y en otras actividades, deja, por ejemplo, a la mujer y a los colegios la tarea de educar a los hijos, y descuida sus responsabilidades en la familia. Las rupturas matrimoniales al uso en la sociedad actual subrayan y acentúan el desastre.

La pregunta que se deriva de esta situación es: ¿cómo puede crecer la paternidad nuevamente y en la medida justa para que preste a la sociedad un servicio destacado? La paternidad supone para el fundador de Schoenstatt un servicio desinteresado a la vida, y la tarea que se nos presenta en la actualidad es la de formarse y formar a los varones como nuevos padres para que sean capaces de asumir el rol que su función determina: a través del amor y del servicio a la vida ofrecer seguridad a la mujer y a los hijos, respetando la originalidad de cada una de las personas a él encomendadas.

Los nuevos padres podrían ayudar así, entre otras cosas, a que sus hijos crezcan en la fe y puedan acceder y vincularse más fácilmente al Padre de los cielos. “¡Padre, venga a nosotros tu reino!”

lunes, 18 de mayo de 2015

Hacia el Padre va nuestro camino

Recordamos la frase “Per Mariam ad Jesum”‘A Jesús a través de María’, y aquella otra de “A través de Cristo al Dios trinitario”. Todos los días lo recita el sacerdote en la doxología final del canon de la Santa Misa: “Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. Amén.” La historia del Movimiento de Schoenstatt nos muestra el proceso providencial que llevó y lleva siempre de nuevo a los miembros de esta comunidad a vivir de la mano de María una espiritualidad eminentemente patrocéntrica.

El Padre Boll se refiere al camino que hicieron los primeros congregantes de Schoenstatt después de su consagración a María: por la vinculación a la Santísima Virgen van descubriendo en el transcurso del año litúrgico que Jesús se hace en todo dependiente del Padre celestial. “Yo he salido del Padre”, “Yo anuncio sólo lo que he visto en el Padre”, “Yo no he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me ha enviado”, “Lo que alegra al Padre es lo que yo hago siempre”. Todas estas expresiones y otras más las encontramos en el Evangelio de Juan, sobre todo en las palabras de despedida de Jesús.
Los congregantes van asimilando que el verdadero contrayente en la alianza es Cristo, y que María es aquella que los lleva a una vinculación viva y estrecha con Él. Con el tiempo la vinculación a Cristo se irá orientando, siguiendo el ejemplo del mismo Jesús, hacia el Padre. Todo esto ocurrirá en un proceso lento, que ellos mismos no aprecian con claridad. Las señales de la Divina Providencia que el Padre Fundador descubre en este desarrollo le llevarán a fortalecer en el alma de la comunidad la corriente de una espiritualidad patrocéntrica que permite vivir en la seguridad de que el Padre conduce todo y que cuida de todos y de todo.

Para los más estudiosos quiero traer hoy a este Blog unas palabras que el Padre Kentenich pronunció al respecto el 7 de enero de 1963 ante un grupo de teólogos:

 “Al reflexionar sobre todo lo que ha surgido y se ha desarrollado en la Familia; al examinar críticamente cuál es nuestra actitud más característica ¿qué conclusión habremos de sacar? Que lo central es la relación fundamental con Dios Padre. Quizás este resultado nos sorprenda en un primer momento. Porque ¿acaso no solemos repetir la consigna per Mariam ad Jesum? (por María a Jesús). Sí, es cierto, pero en nosotros se han cumplido aquellas otras palabras: per Mariam in Jesu ad Patrem (por María, en Jesús, hacia el Padre). Si queremos señalar las razones de por qué y cómo se ha producido este proceso, habría que llamar la atención sobre dos motivos de índole teológica.

La primera razón teológica es la misión de María santísima. Entre ella y su divino Hijo existe una biunidad indisoluble tanto en el plano del ser como en el de la acción. En virtud de esa biunidad es natural que la santísima Virgen gire en torno del interés central de Cristo. ¿Y cuál es ese interés? Basta repasar la oración sacerdotal del Señor y plantearse: ¿Cuál es la misión de Jesús? «Manifestar tu Nombre —el nombre del Padre— a los hombres» (cf Jn 17,6-26). Contemplemos la interioridad de Jesús. Si quisiésemos hablar del ideal personal del Señor, ese ideal quizás podría resumirse, de la manera más fácil y adecuada, en la siguientes palabras: ita Pater (sí, Padre) (Mt 11,26 s.).

Permítanme enfocar el segundo aspecto. Sabemos que la fe en la divina Providencia es el fundamento para nuestro conocimiento de la misión de nuestra Familia. Pues bien, observen que la fe en la divina Providencia y la imagen paternal se condicionan mutuamente. Donde esté viva la fe en la divina Providencia, la imagen de Dios será en definitiva la imagen de Dios Padre. De esta manera podríamos decir que la fe en la divina Providencia llama y reclama al Padre, y a su vez el Padre exige de nosotros una fe simple y sencilla en la divina Providencia.” (En las manos del Padre, Textos escogidos del Padre Kentenich sobre Dios Padre).

lunes, 11 de mayo de 2015

Espiritualidad de alianza

El tercer elemento de la piedad o espiritualidad original que el fundador de Schoenstatt vivió y regaló a su familia espiritual es, junto a la santificación de la vida diaria y a la piedad instrumental, la piedad o espiritualidad de alianza.

La historia de nuestra redención es una historia de alianza. Dios selló al principio una alianza con los hombres que mantuvo durante todos los tiempos con el pueblo elegido – a pesar de sus infidelidades -, y que posteriormente, a través de su Hijo Jesucristo, selló también con toda la humanidad. Dios es el que “está ahí”, el que ama, el que desea atraer a todos los seres humanos a una comunidad de vida y de amor. Como respuesta a este anhelo, el Buen Dios espera de la criatura una entrega de amor. El Padre Kentenich citaba a menudo a un teólogo franciscano, Johannes Duns Scotus (1266-1308), que decía: “Deus quaerit condiligentes se” – “Dios busca a personas que le amen”. La espiritualidad de alianza es el estilo de vida de aquel que está en diálogo constante con el Dios de la alianza en todas las situaciones de su vida.

Si repasamos el Antiguo Testamento podremos constatar esta realidad: desde Noé, pasando por Abraham y Moisés, por el Monte Sinaí, y los profetas, Dios es fiel a su alianza. Hubo tiempos de infidelidades, de renovaciones de la alianza, pero siempre una alianza que marcó a las personas y al pueblo escogido. El gran hito en la historia de salvación se produce con el envío del Hijo de Dios a la tierra. Cristo ha fundado con su vida y su muerte en cruz “la nueva y eterna alianza”. Todos nosotros hemos sido incorporados a esta alianza a través del bautismo. La expresión simbólica más fuerte de esta nueva realidad es la imagen de la esposa y el esposo, la imagen de la alianza de Cristo con su Iglesia. Otras imágenes bíblicas nos recuerdan esta realidad – el reino de Dios, el pastor y sus ovejas, la viña y su dueño, la vid y los sarmientos, la casa de piedras vivas, el padre y el hijo – todas ellas nos muestran diversas perspectivas de esa fascinante historia de amor entre Dios y sus criaturas, entre Dios y nosotros.

Al repasar las explicaciones del Padre Boll en su libro respecto de la alianza, me doy cuenta que él desea mostrar un aspecto importante para la reflexión. Es verdad que cada cristiano está incorporado a través del bautismo a la alianza con Cristo y con Dios, pero también es cierto que en el cuerpo místico de Cristo se da el fenómeno de que el Espíritu Santo llama a una serie de personas para que formen comunidades religiosas, ya sean Órdenes, congregaciones o movimientos que aportan una originalidad concreta a la riqueza de todo el pueblo de Dios. Conviene tener en cuenta esta diversidad querida y sugerida por el Espíritu Santo cuando hablamos de la espiritualidad de alianza. Como Movimiento de Schoenstatt nos encontramos en esa corriente de experiencias religiosas, abriendo un nuevo capítulo con esta espiritualidad original como intuición primigenia para la vida espiritual y para la acción apostólica.

El Padre Kentenich lo resume así: “Para nosotros, la alianza de amor con la Virgen …. es una profunda renovación, confirmación y aseguración de la alianza bautismal, es decir de la alianza con Cristo y el Dios Trino. Cada consagración y cada alianza que expresamos y renovamos en ella, significa para nuestro pensar y querer una decisión nueva, libremente querida y elegida, por Cristo, su persona, sus intereses y su reino. ….. Es sinónimo de un crecimiento más profundo hacia una comunidad estrecha de amor entre nosotros, Él y el Dios Trino.” (De la ‘Carta a José’, 1952)


Nuestra experiencia y la fecundidad experimentada hacen que hablemos de la alianza de amor como la forma, sentido, fuerza y norma fundamentales de nuestra vida. Una vida de alianza y en alianza es el sello característico de todas las comunidades de Schoenstatt, y es la riqueza que nos ha sido regalada por el Espíritu Santo para que la demos a su vez a los demás, como enriquecimiento del cuerpo  místico de Cristo que es su Iglesia.

lunes, 4 de mayo de 2015

Una instrumentalidad mariana

Con la reflexión de este lunes concluye el capítulo que el Padre Boll dedica a la espiritualidad instrumental que el Fundador de Schoenstatt vivió y regaló a sus hijos espirituales. Se trata del carácter mariano de esta espiritualidad, y se podría decir que es lo específico de la misma. El Padre Kentenich aplica esta actitud cristiana vivida desde antiguo por el pueblo de Dios a la Santísima Virgen, y habla de María como el ejemplo, objeto y mediadora de la actitud instrumental.

Su ejemplo es claro. Ella puso a disposición de Dios toda su vida de una forma perfecta. Con su “Fiat” – “¡Que se haga en mí tu voluntad!” en la hora de la anunciación vemos claramente cómo Dios todopoderoso se hace dependiente de la libre decisión de sus criaturas. Esta actitud de María, su apertura y disponibilidad para la voluntad de Dios, está presente en toda su vida. En Belén, en Jerusalén, en Egipto, en Nazaret, durante la vida pública de su Hijo, al pie de la cruz sufriendo y recibiendo de su Hijo el encargo y tarea de su maternidad universal, y poco después, reunida con los Apóstoles en el Cenáculo, se nos muestra como el ejemplo luminoso del instrumento.

Para el Padre Kentenich María no es sólo ejemplo, sino objeto de esta instrumentalidad. Con ello nos está invitando a que nuestra actitud de instrumento no sea solamente ante Dios mismo, sino también ante la Madre de Dios. Está claro que la posición destacada de María en el plan de salvación nos facilita el andar por este camino. Ella es la excelsa y destacada ‘causa segunda’, a la que Dios ha regalado gracias y tareas especiales. La forma de pensar orgánica y global del Padre Kentenich ve una unidad indisoluble entre Dios y la Santísima Virgen, y por eso está seguro de que una fuerte focalización del creyente en la Madre de Dios lleva a una mayor cercanía con Dios. María es el “espejo de Dios”. Nuestra vinculación y nuestro amor a ella nos conducen a una profunda vinculación con Cristo y con la Santísima Trinidad.

María es también mediadora de la espiritualidad instrumental. Como madre y abogada nuestra nos acompaña en el camino, nos facilita la tarea de llegar a Dios. Nos ayuda en todo nuestro actuar y nos regala las gracias y dones que necesitamos para ello. El Padre Kentenich ha experimentado en toda su vida que la Santísima Virgen ayuda de forma especial en la entrega apostólica del instrumento. Es su invitación a todos nosotros. El fundador de Schoenstatt nos da testimonio de que en esta actitud tenemos una bendición especial para el tiempo actual. Seguros de la mano de María podemos salir al mundo que nos rodea y llevar la buena nueva de Cristo, tal como Ella hizo en toda su vida.

En estos tiempos tan difíciles para la pastoral y para el cuidado de las almas la Madre de Dios es una ayuda destacadísima: “Ella es según los planes de Dios la gran misionera. Ella obrará milagros. En realidad Ella ya ha obrado milagros abundantes. Allí adonde otros medios no ayudan, Ella actúa de una forma admirable”. (P. K.)



lunes, 27 de abril de 2015

La instrumentalidad como fuente de conocimiento

El Padre Kentenich considera que la actitud de instrumento de la persona que se sabe al servicio de Dios, es también para la misma una fuente de conocimiento de la voluntad divina. Lo explica así en el libro  “Espiritualidad mariana del instrumento” que he citado en las últimas reflexiones del Blog.  El fundador de Schoenstatt escribe: “La instrumentalidad está en estrecha dependencia del deseo y de la voluntad de Dios; de ahí la importancia que reviste para ella percibir y conocer la voluntad divina. En este sentido, existe un método que el instrumento utiliza con tanta predilección que se diría que «lo lleva en la sangre»: detectar la voluntad de Dios en el mismo carácter instrumental de las cosas creadas, trátese de la palabra hablada, las causas segundas libres, la estructura ontológica de las cosas, las corrientes de la época, el acontecer mundial, o bien, providencias y permisiones divinas en la vida personal.”

Dios nos habla a través de su palabra en la Sagrada Escritura y a través de sus providencias y permisiones en nuestra vida. Pero también lo hace a través de otras personas. Al haber sido creadas por Dios a su imagen y semejanza, ellas tienen parte también de aquellas cualidades divinas como son la sabiduría, la bondad, el poder, la fidelidad y el amor; cualidades que nos posibilitan vincularnos con los demás, ganarlos y conducirlos por el amor. Así somos mutuamente mensajeros vivos de Dios unos con y para  los otros. Si es que estamos abiertos a la voluntad de Dios a través de las misivas de sus ‘mensajeros’, procuraremos crecer en la flexibilidad que ello exige y nos esforzaremos por desarrollar ese órgano que es la fe práctica en la Divina Providencia.

A modo de recordatorio traigo aquí un apunte sobre las fuentes de conocimiento de esta fe. Son aquellas que sirven para conocer lo que Dios quiere en las diferentes situaciones de la vida de la persona y de la comunidad. Según la “ley de la puerta abierta y de la resultante creadora” que ayuda en nuestra fe práctica en la Divina Providencia, la espiritualidad schoenstattiana conoce las siguientes: las voces del ser, las voces del tiempo y las voces del alma.    

Dios expresa su voluntad a través de nuestra naturaleza, de nuestro propio ser, pero también lo hace a  través de las personas que nos rodean. Cada persona es una imagen, un camino de nuestro conocimiento de Dios. Vemos a la persona en su relación con Dios, y así nos damos cuenta de que a través de ella Dios nos manifiesta sus deseos.

En una ficha de trabajo para los grupos de matrimonios leo lo siguiente: “La naturaleza, las cosas y las personas, nos proporcionan una “fotografía” o huella de Dios, pero Él también se nos manifiesta dinámicamente, como en película, en todo lo que acontece.” Sabemos que “Dios gobierna al mundo a través de causas segundas libres”  y por eso meditamos en todo tiempo y lugar sobre las voces del tiempo, las corrientes y tendencias de los nuevos tiempos, e intentamos escuchar ahí la voluntad de Dios. En este sentido será necesario que sepamos discernir entre los signos de los tiempos positivos y lo negativo del ‘espíritu del tiempo’. Para ello será muy importante que busquemos en nuestra propia interioridad y en el alma de las demás personas las inquietudes, inspiraciones o mociones del Espíritu Santo que Él nos pone en el corazón. Son las voces del alma. El instrumento es una persona de oración y de meditación. 

Desde nuestra espiritualidad de instrumento y en la meditación nos esforzaremos primero por discernir cuál es en verdad la voluntad de Dios, para llegar a la conclusión de que ”esto es lo que Dios me pide”. Es verdad que siempre nos arriesgamos, pero confiamos en que es Dios quien lo pide, y más tarde sabremos por la “resultante creadora” si hemos interpretado correctamente su voluntad.  Esta actitud es también una protección muy efectiva contra ese aprecio excesivo a nuestras propias facultades y al peligro del autoengaño.    

  

lunes, 20 de abril de 2015

Forma de vida del instrumento

En la semana pasada iniciamos la reflexión sobre la espiritualidad instrumental que, al ejemplo de su fundador, quiere ser asumida y vivida por los hijos de Schoenstatt. Al esforzarse por “tener los mismos sentimientos que Cristo”, el instrumento busca en todo momento “hacer la voluntad del que le ha enviado y llevar a cabo su obra”. El Padre envió a su Hijo y nos envía a nosotros para ser instrumentos en su Reino.

El Padre Boll nos explica en su libro que la citada espiritualidad es a la vez fuente de conocimiento y forma de vida de aquellos que caminan por este sendero de la santidad. Hoy deseo detenerme brevemente en las características del estilo de vida “instrumental”. Es evidente, que como dice el Padre Kentenich, “el instrumento, en su esencia, presupone a otra persona, a aquella que lo envía y utiliza”, y por ello se necesita una total conformidad entre el que envía y el enviado. Lo que quiere decir que la persona, partiendo de una plena confianza en la sabiduría y en el amor de Dios, intenta despojarse de todo lo que son sus propios deseos, sus propios planes y sus propias y rígidas ideas. Estamos ante la primera característica de esta forma de vida, el desasimiento propio y la vinculación integral del instrumento. El Padre envía, y el Hijo, que vive plenamente vinculado al Padre, actúa obedeciendo.

En esa total entrega y desde su libre decisión crece en la persona la disponibilidad para ocuparse con todas sus fuerzas y todas sus capacidades por el reino de Dios en la tierra. Cuando las personas viven así, se asemejan plenamente a Cristo. Cristo mismo sigue viviendo encarnado en cada uno, o lo que es lo mismo Cristo se hace presente en ellos. Es justamente este proceso vital al que el Padre Kentenich denomina “carácter de parusía o aparición” y que supone la tercera característica de la persona que vive la espiritualidad instrumental: hace presente y visible al Cristo encarnado. “Dios irá cobrando forma y figura cada vez con mayor intensidad en aquel que vive en el mundo de Dios y esté unido a Él en la medida en que ello es posible a una creatura dotada de la gracia divina.” (PK – Espiritualidad instrumental mariana).

Sabiendo que no es él el que hace grandes cosas, sino que es Dios mismo el que actúa a través de él, la persona instrumental puede vivir con plena seguridad, también en las dificultades de la vida por muy negras que están sean, creciendo cada vez más en una seguridad interior y serenidad en cada situación de la vida.

El Padre Kentenich, hablando de la historia de Schoenstatt, se refería siempre a la pequeñez de los instrumentos, a la magnitud de las dificultades y la importancia del éxito: “Nuestra debilidad e insignificancia no serán obstáculos para esto, siempre y cuando nosotros cultivemos cuidadosamente y actuemos con conciencia de instrumentos. Dios elige precisamente a los pequeños para confundir y avergonzar a los poderosos. De entre todos los israelitas, sólo el más pequeño, David, fue capaz de abatir al gigante Goliath. Cuanto más insignificante el instrumento, tanto más grande y evidente se hará el poder de aquél a quien ese instrumento pertenece y que lo está utilizando.” Así comprendemos la quinta y última característica de la forma de vida del instrumento, una amplia fecundidad. La actitud instrumental da a la persona que está al servicio de Dios una cierta participación en su fuerza creadora.

Las cinco características apuntadas requerirían una explicación más amplia, por lo que invito a los lectores a reflexionar y conversar sobre ello en sus círculos y grupos de espiritualidad, dado que el estilo de este BLOG no permite una reflexión más dilatada. El tema lo merece.


lunes, 13 de abril de 2015

Espiritualidad instrumental

La espiritualidad que vivió el fundador de Schönstatt y que con él vivieron y viven todos sus hijos espirituales tiene tres dimensiones que se complementan y presuponen mutuamente. En las entradas pasadas de este Blog reflexionamos sobre la primera, la santificación de la vida diaria. Siguiendo las páginas del libro del Padre Boll que comentamos, iniciamos hoy los comentarios sobre la segunda estrella de esta trilogía: la espiritualidad o piedad instrumental. Esta dimensión va unida muy estrechamente con la primera, la una no se entiende sin la otra.

El Padre Kentenich subraya esta dimensión como el rasgo distintivo de la espiritualidad de Schoenstatt. Durante su estancia en el campo de concentración de Dachau (1942-1945), pasados treinta años de la fundación del Movimiento, escribió un libro titulado “Espiritualidad instrumental mariana” en donde recoge las experiencias de los años pasados, dando a partir de la historia un horizonte para el futuro de su Familia. Allí encontramos la siguiente frase aclaratoria: “Desde sus inicios, la espiritualidad instrumental mariana ha sido el ideal de Schoenstatt. Y así será siempre. Esta espiritualidad nutre las caudalosas corrientes de vida en las que nadamos desde hace treinta años y dio origen a una serie de formas exteriores, tales como normas y usos, organización y estilo de gobierno. La piedad instrumental mariana es también cimiento, estímulo y coronación de nuestra ascética de santificación de la vida diaria”.

Por respecto a los lectores que no pertenecen al Movimiento de Schoenstatt quiero avanzar una reflexión inicial sobre esta espiritualidad o piedad instrumental. El Padre Boll está convencido de que la actitud de instrumento es una de las características esenciales del comportamiento que toda persona debe tener ante Dios, su creador. Cristo es el prototipo y ejemplo de esta actitud, toda su vida está marcada por el anhelo de hacer la voluntad de su Padre. Así se lo enseña también a sus discípulos.

Para mostrar el origen de la espiritualidad instrumental el Padre Kentenich nos recuerda la figura de Pablo: “San Pablo no cesa de recordarnos que conformamos con Cristo un único cuerpo. Lean por favor lo que nos dice en el primer capítulo de su carta a los Efesios, 3,23. Allí nos expone  que el Padre Dios nos ha elegido en Cristo Jesús antes de la fundación del mundo para ser sus hijos adoptivos… De manera análoga, todo debe ser asimilado a Cristo. Por eso san Pablo dice en su carta a los Filipenses: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5).

Si recapacitamos, nos damos cuenta de que el rasgo fundamental de los sentimientos de Cristo es la entrega total e instrumental a la voluntad del Padre. Y por ello aquellos que anhelan asemejarse al Maestro deben esforzarse por tener los mismos sentimientos que Él. El Nuevo Testamento nos aporta abundantes testimonios de la actitud de Jesús. Veamos alguno de ellos:

"Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviada y llevar a cabo su obra". (Jn 4, 34)
"En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo". (Jn 5, 19)

"Yo no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado". (Jn 5, 30)

"Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí, no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él tenga vida eterna y que lo resucite el último día". (Jn 6, 37-40)

"El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas. ……. porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí". (Jn 12, 44ss.)

Si a partir de estos textos meditamos cómo Jesús se siente instrumento en las manos del Padre y se entrega sin reservas a su querer y voluntad, entonces comprenderemos mejor la base fundamental de la espiritualidad instrumental a la que, asemejandonos a Él, queremos aspirar. En las próximas entradas hablaremos de la esencia y de las características de esta espiritualidad, así como de su carácter mariano en la ascética schoenstattiana.


lunes, 6 de abril de 2015

El amor como ley fundamental del mundo


“Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Juan 15, 34). Siguiendo la escuela de Juan ponemos en el camino de la “santificación de la vida diaria” un especial interés en nuestra vinculación a los demás. Nuestra relación personal con las demás personas quiere estar marcada por un intenso amor, tal como el mismo Cristo nos lo ha mostrado con su vida, muerte y resurrección.

Sabemos que en el centro de la espiritualidad de Schoenstatt está la alianza de amor. El Fundador de Schoenstatt decía que la alianza de amor es una expresión muy efectiva y profunda de la ley fundamental del mundo que es el amor. Las fuentes de su inspiración en esta materia son el pensar y la pedagogía de San Francisco de Sales  así como las cartas de Juan en el Nuevo Testamento. El amor como ley fundamental del mundo pasa a ser la ley fundamental de la vida y de todo proceso pedagógico humano; no el temor y el miedo que, a veces, la antigua tradición cristiana nos enseñaba.  Kentenich habla a propósito de este cambio de acento de un “cambio copernicano” en nuestra ascética.

Veamos cómo es esto desde el punto de vista de Dios: Dios es amor, amor es “el motivo de todos los motivos, o el principal motivo que sobresale en toda su actuación divina”. Dios, en primer lugar, hace todo por amor. No es la justicia, ni su soberana libertad, ni su poder, creatividad o sabiduría, la ley fundamental del mundo, sino que es el amor. Dios actúa también mediante el amor, sus acciones son actos de amor. Y finalmente, Dios hace todo para el amor: la última meta de su actuar es llegar a la unión perfecta de amor con las personas, ya aquí en la tierra y después en toda la eternidad.

Desde el punto de vista de la persona podemos decir algo parecido. Si el ser humano es imagen de Dios, el lugar y valor que ocupa el amor en sus actos tienen que ser también semejantes a los de Dios. Por ello se podría formular que el principal impulso del hombre es el amor, y que este impulso inicial está en la base de todos los otros impulsos de la vida humana. Todo en la persona debe estar motivado por la ley citada anteriormente: “todo por amor, mediante el amor y para el amor”. El Padre Kentenich considera que todo lo que ocurre en el mundo es parte de una inmensa corriente circular de amor, que sale de Dios y regresa al mismo Dios.

En el libro de la santificación de la vida diaria leemos: “el amor es el compendio, la síntesis, la plenitud de todos los preceptos y consejos del cristianismo” (Pág. 256). Para el que aspira a la santidad en la escuela de la alianza de amor, es precisamente el amor el que da el tono y caracteriza a todas nuestras vinculaciones, ya sea nuestra vinculación a Dios, nuestra vinculación a las cosas y al trabajo, nuestra postura y reacción ante el dolor y el sufrimiento, y nuestras vinculaciones con todos les seres humanos que nos rodean.

En el pensar del Padre Kentenich constatamos que la motivación del amor pasa a ser la motivación de todas las demás actitudes y valores humanos. Por eso el hombre que ama, no sólo actúa por amor, sino que el amor le lleva a la responsabilidad, a la justicia, a la verdad, a la amabilidad, a la cortesía, a la alegría en el trabajo, al interés por las cosas, al sentido del honor y a la paciencia, a la preocupación por el prójimo y el bien de los demás.

El Padre Boll concluye este capítulo de su libro así: “Si queremos resumir en un punto el concepto de la ‘santificación de la vida diaria’, podríamos condensar los diversos aspectos que hemos tratado en una palabra: ¡santos de la vida diaria son personas de un gran amor!

lunes, 30 de marzo de 2015

Por "veredas de vacas" a la cima de la santidad

Nuestro camino hacia la santidad: tomar la cruz de cada día por amor al que la llevó primero, Cristo, nuestro hermano mayor. Jesús nos dice: “Quien quiera salvar su vida, la perderá. Más quien perdiere su vida por amor a mí, la encontrará” (Mat 16,25). Alguien me comentó días pasados que deseaba también “amar perfectamente”. La meta es alta, muy alta: “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mí mismo”. En el libro ‘La santidad de la vida diaria’ encontramos referencias a las vidas de muchos santos. 
En una de sus páginas cuenta que un día le preguntaron al mallorquín Raimundo Lulio (Ramón Llull, 1232-1315): “¿A quién perteneces? ¿De dónde vienes? ¿Adónde vas?”  (Vivió parte de su vida en una cueva en la montaña llevando una vida contemplativa). La contestación fue: “Pertenezco al amor; procedo del amor, y el amor es quien me ha traído aquí.”

En nuestra vida diaria pudiera parecer que tan alta meta es imposible de alcanzar. El Padre Kentenich, familiarizado con las costumbres de las gentes de la montaña (visitó varias veces el sur de Alemania y Suiza), decía “que el santo de la vida diaria no se acobarda por ello. Tal vez prefiera, con sentido realista de la vida, seguir las “veredas de vacas” en la vida espiritual, es decir, hacer como hacen las vacas para ganar la cumbre de una montaña. No corren derechas a la cumbre, sino que van despacio y con paso firme por las seguras veredas que bordean el monte. Lo cual no quiere decir que renuncie a sus fines elevados ni al calor, impulso y energía en la aplicación de los medios que conducen a este fin. En todas las cosas tiende a su fin último y supremo, según sus fuerzas y según la gracia recibida. Por eso no se contenta con entender el sentido de la cruz de un modo vago y general, sino que procura penetrar hasta su sentido más hondo.”

El Padre Kentenich nos anima a los cristianos de hoy a ser valientes, y a que nos pongamos en camino – una vez y otra – para alcanzar la cima del amor perfecto.  Y para ello nos recuerda el ejemplo de los apóstoles.  Al principio ellos, como tantas veces nosotros, no estaban capacitados para comprender tales heroicidades. Recordemos el primer anuncio de la Pasión hecho por Jesús a sus discípulos y la reacción de éstos: “¡Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá!”, dijo Pedro. Más tarde siguió Jesús con su catequesis, por ejemplo con aquello del grano de trigo que cae en la tierra, y si muere trae fruto; ellos seguían sin entender. Les lavó los pies, comió con ellos, subió a la cruz y se entregó totalmente a la voluntad del Padre. Todavía seguían con miedos. El día de Pentecostés con la venida del Espíritu Santo entendieron por fin de lo que se trataba.

Todos ellos aceptarán entonces la cruz de Cristo y afirmarán con Pablo: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” y “Lejos de mí gloriarme sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál 6,14).

En nuestro lento caminar por el sendero sinuoso de nuestra vida, no perdemos de vista la cima del monte, y no nos desesperamos si la misma nos parece aún muy distante. Recordamos entonces a los Apóstoles que aún teniendo a su lado a Jesús, tardaron bastante en llegar con Él hasta el final. Recordemos las veredas y senderos de las montañas e imploremos para nosotros también la venida del Espíritu Santo.


   

lunes, 23 de marzo de 2015

Inscriptio cordis in cor

Uno de mis lectores ha escrito una observación en la última entrada que agradezco, y que me sugiere una reflexión al respecto. En la oración de la mañana los schoenstattianos rezamos entre otras estrofas, la siguiente: “Padre, hágase en cada instante lo que para nosotros tienes previsto. Guíanos según tus sabios planes, y se cumplirá nuestro único anhelo.” Al decir esto, el que lo reza, sabe que también está pidiendo la cruz, si está en los planes del Padre Dios.

El Padre Kentenich tuvo que cargar en su vida con muchas y pesadas cruces. En el libro del Padre Boll viene también algún comentario al respecto: a principios de los años cuarenta, cuando el poder nazi se fijó en el Padre Kentenich y en el movimiento por él fundado, para aniquilarlos por ser ‘enemigos’ del régimen, el Fundador se preparó y preparó a todos los suyos para cargar con la cruz que se les venía encima. En este tiempo tomó una expresión de San Agustín como estandarte de esa preparación y como actitud en el camino de santidad: “Inscriptio cordis in cor”, lo que significa que el corazón de una persona queda grabado en el corazón de la otra. Con ello se apunta a la especial disponibilidad para aceptar la cruz y el dolor, e incluso pedirlo – pero justo en la medida y en la forma que los planes de Dios tienen previsto para mi vida.

Claro está, que esta disponibilidad de 'Inscriptio' solamente es posible a partir de un profundo y cálido amor a Dios. Boll escribe que esta actitud presupone múltiples experiencias del cuidado amoroso de Dios por mí, y que lleva finalmente a la confianza ilimitada de que “Dios me ama y sólo quiere lo mejor para mí. Él me conoce mejor que yo mismo y sabe lo que necesito. Él no quiere hacerme mal con la cruz y el dolor, sino que desea que avance en mi camino hacia Él.”

Desde el punto de vista psicológico se trata de un proceso de transformación, que presenta la aversión natural de la persona en cuanto al dolor y su miedo al sufrimiento en una perspectiva distinta: soportado por la convicción profunda de una continua seguridad en las manos de Dios, sabe que el sufrimiento puede tener otro sentido más importante: no lo entiende como “castigo”, sino que lo considera una prueba para fortalecer o purificar su fe. El que así actúa, se verá liberado poco a poco de la preocupación y del miedo, pudiendo crecer en la verdadera libertad de los hijos de Dios. Entonces la “escuela del sufrimiento” se volverá una “escuela de amor”. Así se puede resumir el pensamiento del Padre Kentenich sobre el dolor y la cruz; y esto fue lo que llevó a la práctica en la conducción de las almas a él confiadas.

En el libro “La santificación de la vida diaria” encontramos dos pequeñas oraciones de dos santos llamados Ignacio, San Ignacio mártir y San Ignacio de Loyola. Ambos aspiraban ardientemente a convertir en realidad el intercambio de bienes e intereses entre ellos mismos y Cristo crucificado, aspiraban a una íntima ‘Inscriptio cordis in cor’. Ignacio mártir decía: “Comienzo a ser discípulo de Cristo ahora que me he desligado de las cosas visibles, para hallar a Cristo. Vengan sobre mí el fuego, la cruz, las fieras, el crujir de los huesos, el desgarrarse de los miembros, el triturarse mi cuerpo, y todos los tormentos de Satanás; pero sea yo partícipe de Cristo.”
Es verdad que no estamos – por ahora – frente al martirio, pero vivimos en el misterio de la cruz, y por ello nos unimos a Ignacio de Loyola en aquella bella oración que muchos de nosotros conocen y que el santo de Loyola presenta al final de sus Ejercicios Espirituales como expresión de esa actitud de ‘Inscriptio’“Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; vos me los disteis, a vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a vuestra voluntad, dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.”

En el libro antes citado podemos leer también (pág. 188): “Para el santo de la vida diaria, en su madurez espiritual, la cruz es fuego llameante de caridad. Un fuego que enciende un intenso amor divino y que se nutre sin cesar de la correspondencia de un amor humano. El sufrimiento regala amor ferviente, y recibe en cambio amor recíproco de corazón como regalo del amor eterno que quiere hacer del alma una imagen del Unigénito de Dios.”


lunes, 16 de marzo de 2015

“¡Toma tu cruz, y sígueme!”

El Padre Boll sigue comentando en las páginas de su libro algunos de los aspectos que caracterizan al “santo de la vida diaria” o a quien desea serlo. Como prólogo de este capítulo nos dice: “Otro aspecto central de la santidad de la vida diaria es la forma de relacionarse con las experiencias doloras. Enfermedades graves o golpes del destino, la pérdida de un ser querido o la experiencia de las propias limitaciones personales nos plantean a cada uno de nosotros la pregunta del porqué y para qué. Una contestación general válida no existe. Como cristianos nos orientamos por el ejemplo de Jesús. Sabemos que la realidad de la cruz y el dolor es parte integrante e ineludible de nuestra vida. ……. Si buscamos el sentido del dolor, nuestra fe nos abrirá nuevas dimensiones que traspasan lo puramente doloroso o peligroso. Para poder captarlas verdaderamente, necesitamos previamente haber hecho la experiencia de sabernos incondicionalmente amados. Quien sabe de su propia grandeza como hijo de Dios, puede aceptar su pequeñez con auténtica humildad y presentarla al Buen Padre Dios.”

El dolor y el sufrimiento son y seguirán siendo un misterio para nosotros, algo inaccesible a nuestro entender y difícil de explicar. Y a pesar de ello sabemos que ambos desempeñan un papel predominante en la vida humana. Nosotros, por otra parte, como seres humanos temblamos normalmente ante la cruz y el dolor; no quisiéramos tener nada que ver con ellos.

El Padre Kentenich en una de sus homilías en Milwaukee se preguntaba: “¿Cómo podemos justificar a un Dios que es amor ante tanto dolor y cruz en el mundo? ¿De dónde viene tanto dolor? …….. ¿Podría explicarlo la pura razón natural? En cierto sentido, sí; pero no explica mucho. ¿Podría hacerlo la razón iluminada por la fe? Esta explica algo más, pero no todo. En último término, el enigma, el misterio de la cruz, sólo va a ser revelado en la visión beatífica, cuando contemplemos a Dios cara a cara.”

Para hacer frente al sufrimiento necesitamos una seria actitud de fe en nuestra vida. Sabemos, porque así lo hemos aprendido, que el origen del dolor está en el pecado original: “Cruz, dolor y, en último término, la muerte – la muerte dolorosa, como la que todos debemos experimentar – son consecuencias del pecado original. Si no existiera el pecado original, si no hubieran pecado Adán y Eva, el hombre estaría libre de cruz y de dolor y no necesitaría morir. La fe me lo dice. Pero, (dice el Padre Kentenich) repito que aquel que razona con tranquilidad percibe que se explica un misterio con otro misterio. …. Mis queridos fieles, no olvidemos esto: si la escuela del dolor no es una escuela de la fe, jamás lograremos solucionar la realidad de la cruz y del dolor en la vida.

El santo de la vida diaria medita en su itinerario de fe aquellas palabras de Jesús: “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán … No está el discípulo sobre el Maestro, ni el siervo sobre su amo; bástale al discípulo ser como su maestro y al siervo como su señor” (Mat 10, 24 sig.). Para el que aspira a seguir a Jesús, el misterio del dolor se hace un “mysterium crucis”. En este valle de lágrimas quiere estar  crucificado en la cruz de Cristo de forma paciente, voluntaria y alegre, porque desea vivir en una íntima vinculación con Jesucristo, que cargó con su cruz y murió por amor a los hombres. Con Jesús podrá decir: “Hágase tu voluntad”, y también  “Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya”.  

El Padre Kentenich nos invita a plantearnos así el sentido de nuestra vida: “¿Cuál es, entonces, el sentido de mi vida? Un misterioso grado de participación de la gloria de Cristo en toda la eternidad. ¿Y qué supone esto? ¿No tuvo que sufrir Cristo para entrar en su gloria? (Lc 24,26). Por lo tanto, el sentido de mi vida es también un misterioso grado de participación de la vida de dolor y de la muerte de Cristo aquí en la tierra.” Por eso, aquello que otros temen y evitan, el cristiano que aspira a la santidad de la vida diaria, sabiéndose también hijo amado del Padre, lo acepta, lo ama y lo busca como medio excelente de expiación y de purificación, y está convencido de que la escuela del sufrimiento es también una escuela de amor.

Para ser discípulos aplicados en esta escuela podríamos tomar de vez en cuando en nuestra mano una cruz con Cristo crucificado y recordar lo que le dijo una vez el fundador de los Oblatos a un hermano de su comunidad en el momento que le daba el crucifijo de profeso: “En el reverso de la cruz debéis crucificaros a vos mismo. Un futuro misionero pertenece a la cruz.” La cruz pertenece también a todos nosotros.


lunes, 9 de marzo de 2015

Amor (orgánico) a lo creado - la vinculación a las cosas

Las explicaciones del Padre Boll sobre los distintos pilares que dan sustento y forma a la santidad de la vida diaria se detienen hoy en la “vinculación a las cosas”. Dios llega a nuestro encuentro no solo a través de las personas que hacen el camino con nosotros, sino también a través de todo lo creado y a través de nuestra relación con la creación. Es aquí adonde nuestro trabajo, nuestro quehacer diario, tiene también un papel importante en el camino de nuestra santidad. Entiendo que por este motivo Boll titula su reflexión con la frase: “!Hacer lo ordinario extraordinariamente bien!”

Esta visión parcial del tema me anima a recoger algunos pensamientos del Padre Kentenich utilizando otras fuentes de consulta. Tengo en mi mesa el texto de una prédica suya del 20 de enero de 1963 en la iglesia de san Miguel de Milwuakee. El Padre habla así sobre el sentido de las creaturas: “¿Qué sentido tienen las creaturas? Ellas son, en primer lugar, una dádiva del amor de Dios para nosotros. Y, en segundo lugar, quieren ayudarnos a responder a ese amor de Dios con nuestro propio amor profundamente sentido. Usamos de las creaturas, cualquiera que ellas sean – comida, bebida, medios técnicos – para aprender a amar a Dios más íntimamente o, según las circunstancias, movidos por el mismo motivo, renunciar a ellas. …. Repito la pregunta: ¿qué sentido tienen las cosas creadas? Ya sabemos la respuesta: son una expresión del amor, de la sabiduría y del poder divinos y quieren ser peldaños, ayuda, camino para unirnos con el corazón de Dios en nuestros quehaceres diarios.”

El Padre Kentenich está convencido de que Dios nos quiere estimular para que siempre de nuevo, a través de las creaturas, podamos encontrar el camino hacia Él, podamos ensalzarlo y retribuirle su amor con nuestro amor. “Ahora, le preguntamos a san Pablo, nuestro gran maestro: ¿Cuál es la palabra mágica? Ya la conocemos muy bien, aunque no siempre seamos capaces de repetirla exactamente y formularla. ¿Cuál es la palabra? Esa palabra se llama amor, amor a Dios. Escuchemos a San Pablo: ‘Todas las cosas redundan en bien de aquéllos que aman a Dios’ (Rom 8,28). Todas las cosas sin excepción. Comer, beber, los medios técnicos, las estrellas, todo, absolutamente todo. Piensen en lo que quieran. …….”

Uno de los compañeros del Padre Boll de la primera hora, nuestro querido y recordado Padre Horacio Sosa, padre de Schoenstatt argentino, nos hablaba así de la función fundamental que deben tener las cosas para nosotros: “Las ‘cosas’ participan de una doble función, que se inscribe dentro de la dimensión mediadora de todo lo creado: “vinculan a sí mismas” y “conducen hacia arriba”. Es decir, una “vinculación” y un “traspaso” a los que el Padre Kentenich les agregaba siempre la calificación de “orgánicos”, lo cual corresponde a una de sus inquietudes sicológico-pedagógicas más centrales. ….. Orgánico significa aquí que el vínculo establecido – que es un vínculo de amor – se vive como amor a la “cosa” y al Creador de la misma en un mismo acto de amor. Por eso, no sólo es un amar a la creatura y al Creador en el mismo acto sino, también y precisamente, un amar, “a través” de lo que no es Dios, a Dios mismo.”

“Lo orgánico en el amor” es el núcleo de la inquietud que caracterizaba el pensar del Padre Kentenich y lo que le dio una impronta a toda su espiritualidad y pedagogía. He de confesar a mis lectores que el día en que personalmente capté lo que significa “lo orgánico en el amor” cambió totalmente mi vida. Un mundo nuevo se abrió ante mis ojos y mi espíritu, mundo éste en el que intento vivir cada día de nuevo.

Me viene siempre a la memoria aquella historia que el Padre Kentenich contó a sus oyentes en otra prédica de Milwaukee. Pido disculpas a mis lectores por lo largo de mi reflexión hoy, pero quisiera que se entendiera bien lo escrito anteriormente. 

La historia a la que me refiero, se puede encontrar en diversas fuentes; yo utilizo aquí lo que el Padre Horacio Sosa nos contaba: Se trata de lo sucedido entre León Bloy (quien tenía ya 43 años) y Jeanne Molbech, chica danesa, a quien “el francés amaba apasionadamente”. El Padre Kentenich comenta que la joven “tenía un poco de miedo, porque el amor era muy profundo, muy fuerte”, y ella le escribe: “Yo también te amo, pero amo al buen Dios mucho más que a ti”. El P. Kentenich hace notar que en ella se da el típico miedo de que el amor humano no llegue a desembocar adecuadamente en amor divino. Y entonces comenta la carta de León Bloy en respuesta a este cuestionamiento, donde se nota que éste expresa exactamente la mentalidad del P. Kentenich quien, al reproducir oralmente la carta, la parafrasea acentuando lo que él quiere hacer notar:

“No entiendo. Lo que tú escribes no lo puedo entender en absoluto. Para mí el amor nunca está separado. Para mí el amor –a ti y a Dios– es siempre una unidad absolutamente compacta”.

Y antes de decir lo que sigue, advierte el P. Kentenich: “lo digo despacio a propósito”. Y después continúa:

“Yo te amo a ti en Dios, yo te amo a ti a través de Dios, o yo amo a Dios a través de ti…”. “Yo te amo a ti perfectamente, y amo a Dios perfectamente…”.

En este lugar, el P. Kentenich agrega algo -¡que es muy sintomático y elocuente!- a lo que dice León Bloy en su carta: “Yo te amo perfectamente en Dios”, lo que el P. Kentenich reproduce diciendo: “Yo amo en ti perfectamente a Dios, y amando perfectamente a Dios yo te amo a ti”, que a primera vista pareciera simplemente decir lo mismo, pero sin embargo acentúa que es “a través” de ella que él ama a Dios. Y concluye León Bloy diciendo:

“Esta separación entre amor divino y humano me es absolutamente ‘incomprensible….’, amemos simplemente …, el Buen Dios no nos ha creado de la nada para que nos atormentemos y torturemos mutuamente, … ¡no tengamos miedo al amor!, ¡Él nos ha creado, para que a través del amor –amor mutuo sincero- le glorifiquemos!”


Con este ejemplo queda muy claro cómo el pensar orgánico ve la relación de los dos amores, que no sólo son inseparables sino que se condicionan mutuamente. El amor orgánico no separa sino que integra el amor a la creatura como “mediación”, como “medio” de llegar al Creador y de experimentar que su amor llega a la creatura. El Padre Kentenich lo decía así a sus oyentes de Milwaukee: “Ustedes tienen aquí un ejemplo de cómo el amor humano es condición, más aún, es coronación de un profundo amor a Dios; de lo que significa la fusión de dos amores en uno solo: del amor a Dios y del amor al prójimo. Si es que falta el amor humano, ¡qué difícil se hace poder sentir un verdadero amor a Dios, un profundo, tierno y sincero amor a Dios! Todavía eso es posible, pero ¡cuán tremendamente difícil se hace el amor divino sin el amor humano!”.

lunes, 2 de marzo de 2015

Crecer en el amor a Dios - Intimidad con Cristo

Después de habernos mostrado un amplio resumen de la santidad a la que nos invita el Padre Kentenich, Fundador de Schoenstatt, en el libro “La santificación de la vida diaria”, el Padre Boll se fija en el primero de los tres pilares que conforman este camino del “santo de la vida diaria”: la vinculación a Dios. Y lo hace de forma muy escueta, invitándonos a que cada uno descubra a su manera la riqueza de lo que se nos propone.

El que aspira hoy a la santidad no se puede contentar con una vinculación normal a Dios, sino que la misma debe ser profunda y de un alto grado. En el fundamento de esta aspiración está el deseo de la persona de amar a Dios, no solo cumpliendo lo que Él manda, sino preguntándose siempre de nuevo por lo que Dios desea. En este contexto el Padre Kentenich recuerda al encuentro de Jesús con el joven rico. En primer lugar, Jesús, ante la pregunta del joven, le muestra lo que debe de hacer para entrar en el Reino de los cielos: cumplir los mandamientos. Ante la contestación del joven, de que todo eso ya lo cumplía, Jesús le indica el camino de la perfección, “vender lo que tiene y seguirle”. Dice el Evangelio que el joven se retiró de la escena con tristeza.

El Padre Kentenich nos muestra el camino: en primer lugar, cumplir con los mandamientos de Dios, y después seguir en libertad y por propia decisión los deseos de Dios. Estar abiertos a sus deseos y crecer en un amor cada vez más heroico y magnánimo al Dios que nos creó y que nos regala y solicita con su amor. Porque Él nos amó primero. “Mirad cuánto nos ama el Padre, que se nos llama hijos de Dios, y lo somos.” (1 Jn 3,1). Es un amor mutuo, de padre y de hijos, que quiere hacernos exclamar de corazón cada día: “Abba, Padre”. Fue Jesús de Nazaret quien nos mostró al Padre en esa nueva dimensión, y que también nos dijo “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6), “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Ya antes de la primera edición alemana del libro citado arriba, el Padre Kentenich hablaba de la vinculación afectiva a Dios que debiera cultivar el santo de la vida diaria. Fue en un retiro a la comunidad de las Hermanas de María de Schoenstatt en marzo de 1933: “Podríamos preguntarnos si la vinculación afectiva a Dios no debería ser al mismo tiempo una vinculación a Cristo y, paralelamente, si la intimidad con Dios no debiera traducirse asimismo en una intimidad con Cristo. Esta intimidad con Cristo acompaña al santo de la vida diaria en todos sus senderos, en todos los planos de la vida espiritual. ……. Cristo está en el centro de sus pensamientos. El Dios hecho hombre es el gran pensamiento del santo de la vida diaria. ……. Si Cristo es el eje de nuestros pensamientos, tiene que ser también el centro de nuestro corazón. Que toda nuestra capacidad de amar esté ligada a Él. …… Y Cristo es finalmente el eje de nuestra vida. Vamos caminando juntos, tomados de la mano. Él es el punto central de nuestra vida. Incluso cuando contemplemos a María Santísima como reflejo de la vida de Cristo, lo haremos sabiendo que ella es, por último, personificación femenina del Señor”.

En estos pensamientos queda trazado el panorama de lo que es el amor a Cristo, la vinculación a Cristo y la intimidad con Cristo que debe cultivar el santo de la vida diaria. Una vinculación afectiva a Dios.

lunes, 23 de febrero de 2015

Una santa armonía

El prólogo que la Editorial Herder trae en su edición española del libro “La santificación de la vida diaria” apunta acertadamente al hecho de que los nuevos problemas de los tiempos actuales exigen nuevas soluciones, inspiradas siempre en las grandes verdades clásicas, y que para expresar nuevos conceptos se necesita echar mano de nuevos términos. “En esta época de universal disolución, destrucción y desvinculación es necesario hablar de ‘vinculación’ con Dios, con nuestro cometido en la vida, con el prójimo, etc. El hombre, que alguien ha llamado “ser en el mundo”, solamente puede alcanzar su plenitud moral en vinculación con las realidades en que se halla encuadrado. En una época de mecanización de la vida, de confusa masificación del individuo, es necesario apreciar el valor de las relaciones que vinculan al individuo con los grandes entes que rodean su existencia.”

El autor del prólogo español acertó plenamente: la síntesis de la santidad de la vida diaria  está en la armonía santa entre la vinculación hondamente afectiva con Dios, con la obra del hombre y con el prójimo a través de todas las situaciones de la vida. Vinculación con Dios, vinculación con el diario quehacer y vinculación con el prójimo, en armonía. Recordemos que un organismo sano desarrolla por igual todas sus partes.

Como escribe el Padre Boll en su libro, el Padre Kentenich quiso desarrollar para el cristiano de hoy un estilo de santidad vivido fuera de los muros de los conventos, sin la protección de ese ambiente escogido y especial, una vida en medio del mundo, en donde la vinculación continua con Dios viene apoyada por los acontecimientos externos del día a día. Lo que acontece en el mundo no quiere ser visto como un obstáculo, sino como el camino hacia Dios. Su meta será pues llegar a la perfecta armonía entre la vinculación con Dios, con el quehacer diario y con el prójimo, en todas las situaciones de su vida.

El Padre Boll cita al respecto algunas frases de la Introducción  del libro “La santificación de la vida diaria”: “El santo de la vida diaria sabe santificar su tarea cotidiana, vive santamente durante toda la semana e imprime en todas sus obras el sello de la santidad. Sus tristezas y sus alegrías, sus diversiones y sus trabajos, sus oraciones, sus palabras y su conducta: todo es extraordinariamente bueno, es decir, santo, porque procede de la caridad. Ama y vive lo natural y lo sobrenatural como un conjunto, como un gran organismo vivo. La naturaleza es para él base y fundamento de lo sobrenatural; todas las cosas creadas le elevan hacia arriba, son para él puentes y guías hacia Dios. Por eso, cuando resplandece en algún punto la voluntad de Dios, la pone en práctica inmediatamente, y siempre que en la vida observa o experimenta algo, levanta su mirada al cielo y pregunta qué es lo que querrá decir Dios con eso. Conocer, amar, vivir, son cosas que tienen para él una relación íntima.”

Esta armonía tiene dos calidades importantes. Por una parte es una “armonía grata a Dios”. La persona que se esfuerza en este camino de santidad busca que su anhelo de una gran vinculación a Dios no vaya en detrimento de su vida de trabajo o de sus relaciones personales. Al contrario, su entrega a las personas queridas, al cónyuge, a los hijos y a las demás personas son el camino del encuentro anhelado con Dios. ¡Porque nuestro Dios es el Dios encarnado, el que habita en y entre nosotros!

El Padre Kentenich describe la segunda característica de esta armonía con las palabras: “armonía hondamente afectiva”. Es de suma importancia que en nuestras vinculaciones consigamos tener un sano equilibrio entre el entendimiento y la voluntad con el corazón y con lo más profundo de nuestros sentimientos, de nuestra alma. Sabemos que nuestro Dios quiere que nosotros le amemos. Él conoce también el corazón humano. “Sabe que en él prende rapidísimamente y bien a fondo el amor, cuando se ve rodeado de amor”. Por ello es necesario que vayamos siguiendo las huellas del amor divino en toda nuestra vida y que seamos después maestros de una adecuada y heroica correspondencia en el amor.

Y todo ello “a través de todas las situaciones de la vida”. O sea siempre y en todo lugar, siempre y en todos los tiempos. Accederemos a la santidad mediante nuestro esfuerzo por conseguir esa maravillosa armonía entre todos los ámbitos de nuestra vida y entre todos los estratos de nuestro ser y de nuestra persona. La lucha por esta santidad será consecuentemente la aventura de toda nuestra vida cristiana.

lunes, 16 de febrero de 2015

La santificación de la vida diaria - el libro y el desafío


El libro “La santificación de la vida diaria”, cuya primera edición alemana data del año 1937, se tradujo pronto al español y la Editorial Herder lo publicó por primera vez en España en el año 1954. En mi mesa tengo un ejemplar de la octava edición de 1985. Se trata sin duda de un tema interesante y buscado por los lectores. Tengo que confesar sin embargo que comparto con el Padre Boll algunas reservas respecto a la redacción y a los ejemplos que nos presenta; algo anticuados para la sensibilidad de los tiempos actuales. A pesar de ello vale la pena su lectura. Se trata de una formación ascética atractiva para la vida de cada día (y ‘habitual’ para los miembros de las comunidades de Schoenstatt).

Cuenta el Padre Boll que en su primera visita a Milwaukee le comentó al Padre Kentenich que aunque el contenido del libro era convincente, el estilo del texto y los ejemplos aportados podrían frenar el efecto buscado. Boll recuerda que el Fundador le interrumpió y le dijo: “La santificación de la vida diaria es una obra básica, y realmente se debería escribir de nuevo para cada generación”. Se trataría entonces de buscar y definir los contenidos básicos y elaborar una aplicación de los mismos a la vida moderna. Pero lo más importante sería vivirlos.

Ya desde los inicios de su actividad como sacerdote y director espiritual, el Padre Kentenich tuvo el valor de presentar la santidad como objetivo máximo de su vida y de la vida de los que le habían sido encomendados. En el Acta de Fundación podemos leer las palabras que puso en boca de María, nuestra contrayente en la alianza de amor: “Esta santidad es la que exijo de vosotros”. Y esto sigue teniendo validez ayer, hoy y mañana. Todas las comunidades de Schoenstatt, indistintamente a su estado de vida, asumen esta meta en la forma adecuada. La santidad. Los procesos de beatificación en marcha muestran también el entusiasmo de los hijos espirituales del Padre Kentenich por la santidad.

¿De qué santidad se trata? No es nada nuevo. Si repasamos la historia de la Iglesia vemos que cada época tuvo su imagen característica de la santidad: en los inicios aparecen los mártires, después serán los ermitaños y monjes, y en los siglos sucesivos el ideal lo mostrarán además múltiples formas de vida consagrada virginal y conventual. Admirando y respetando estos ideales de santidad que tantos santos nos han regalado, la iglesia de los últimos tiempos se ha venido preguntando cuál sería el ideal para el grupo de laicos que representa la mayoría del pueblo de Dios.

Grandes figuras de nuestro siglo se han empeñado en encontrar un camino apropiado. El Padre Kentenich tuvo para diseñar su propio proyecto un ejemplo ante su mirada. En la base de su propuesta encontramos a un santo que ya en el siglo diecisiete sintió un impulso parecido, y que con su obra se dirigió a los cristianos de su tiempo que vivían en medio del mundo y sentían un profundo anhelo por una vida religiosa intensiva. Fue Francisco de Sales con su libro “Filotea – Introducción a la vida devota”. Fue toda una novedad. Para ser santo no era necesario vivir o imitar las formas concretas de la vida en los conventos.

La santificación de la vida diaria es un intento para atreverse a un nuevo camino, el de la santidad como elemento permanente de la vocación cristiana recibida en el bautismo, pero vivida en medio de los desafíos de nuestra vida cotidiana en el mundo, sin recortar en nada y para nada el ideal de santidad. Una gran meta, un enorme y arriesgado desafío.

(En las próximas semanas traeré al Blog las principales características del proyecto)         



lunes, 9 de febrero de 2015

Vivir de la fe - Una introducción a la espiritualidad schoenstattiana

En las semanas transcurridas desde el inicio de este BLOG (21/7/2014) he comentado los diferentes capítulos de la primera parte del libro “Joseph Kentenich – Pedagoge und Gründer” (José Kentenich – Pedagogo y fundador)  escrito por el Padre G. Boll y publicado en la editorial PATRIS VERLAG de Alemania. Ha sido un intento de mostrar a mis lectores, de la mano del Padre Boll, algunas características de la personalidad del Padre Kentenich, Fundador del Movimiento de Schoenstatt, y también algunos aspectos de su misión para la Iglesia del nuevo milenio. Quisiera resumir lo comentado hasta ahora: su talento pedagógico, su apertura antes el Dios de la vida en unión con el dinamismo que el mismo Dios le regaló, y finalmente su vinculación profunda con María.

Nos queda por considerar todavía un elemento esencial que el Dios de la vida hizo crecer en el Padre Kentenich, y que éste regaló a su vez al Movimiento por él fundado: los rasgos específicos de su espiritualidad, cómo vivía él su fe, y cómo se esfuerzan por vivirla sus hijos espirituales.

El Fundador habla de una “piedad tridimensional en la espiritualidad de Schoenstatt”. Se trata de formas originales de una vida de fe anclada en la tradición y con rasgos creativos y nuevos, adecuados al tiempo en que vivimos. Son tres: santidad de la vida diaria, piedad instrumental y piedad de alianza. Aunque este tema nos exigirá algunas semanas para comentarlo siguiendo los capítulos del libro del Padre Boll (por causa de la estructura del mismo Blog), quiero hoy avanzar algunas breves explicaciones sobre las tres formas citadas.

Santidad de la vida diaria

Durante los primeros años de la historia del Movimiento el Padre Kentenich se esfuerza por transmitir a las comunidades su visión de una piedad adecuada a los nuevos tiempos en los ejercicios espirituales, charlas, conferencias y reuniones de grupo. Él deseaba publicar un resumen en forma de “Manual”, que fuera la base para la formación ascética de amplios círculos. En el año 1937 se edita el resumen de todo el material propuesto por el Padre Kentenich, sintetizado y organizado bajo su dirección por la Hermana de María de Schoenstatt, M.A. Nailis. El libro titulado “Werktagsheiligkeit” y editado en Alemania será una guía importante – y de gran éxito - en el esfuerzo pastoral de promover una vida ascética adecuada a los tiempos modernos. La editorial Herder de Barcelona editará también la traducción al español del mismo, bajo el título “La santificación de la vida diaria”. El libro se dirige a “cristianos con aspiraciones en este mundo de hoy”. Schoenstatt tendrá desde entonces no sólo un carácter pedagógico sino que aportará una influencia innovadora en el ámbito ascético y religioso. Ser santos en medio del mundo, un esfuerzo comprometido por una santidad laical. La “santidad de la vida diaria” es una de las marcas de identidad de Schoenstatt. ¡Y de plena actualidad!

Piedad instrumental

Esta dimensión de la espiritualidad schoenstattiana va de la mano de la primera. La una no puede entenderse y vivirse sin la otra. El Padre Kenenich escribió en el año 1944, durante su prisión en el campo de concentración de Dachau, un tratado sobre la misma, “Espiritualidad mariana del instrumento”. Quiso que este fuera su regalo a la Familia de Schoenstatt con motivo de los treinta años de la fundación. Para el Padre Boll, el hecho de que este libro fuera escrito en un ambiente tan hostil y despiadado como el campo de concentración, muestra que la espiritualidad aquí descrita estaba viva en la persona del Fundador. Piensen que éste no pudo acceder a ninguna literatura o documentación apropiada para su redacción. La piedad instrumental apunta directamente a la vida apostólica del cristiano y tiene aquí su fundamento teológico. 
La espiritualidad instrumental toma muy en serio al ser humano como colaborador y compañero de Dios en su creación; la misma hace suya la visión de Tomás de Aquino sobre las causas segundas: “Deus operatur per causas secundas liberas” (Dios actúa a través de causas segundas libres). Su nombre (instrumental) lo toma de aquella frase que el Señor dijo a Ananías para que fuera a buscar a Saulo: “Ve, porque éste hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre ….” (Hechos 9,15). Se trata de una espiritualidad de la entrega y disponibilidad, de aquel que  está totalmente a disposición del que lleva en la mano el instrumento: se entrega, a ejemplo de María, totalmente a Dios y a sus deseos.

Piedad de alianza

Alianza es esencialmente vinculación. La historia de salvación es una historia de alianza. Esta característica de la espiritualidad de Schoenstatt no es una más, sino que es el fundamento para las otras dos. Dios es un Dios de alianza, y Él con su amor quiere atraer al ser humano a esa historia de amor mutua. Y a la vez espera una respuesta concreta del ser humano a su invitación. El Padre Boll cuenta que el Padre Kentenich citaba a menudo una frase del franciscano Johannes Duns Scotus (1266-1308): “Deus quaerit condiligentes se” - Dios busca a hombres que amen con Él. La espiritualidad de alianza busca estar siempre en diálogo con el Dios de la alianza en todas las situaciones de la vida. 
La alianza de amor que se selló en el momento de la fundación de Schoenstatt entre la Santísima Virgen y los primeros congregantes marcó para siempre la espiritualidad o piedad de alianza en Schoenstatt. Esta alianza de amor será el sentido, la forma, la fuerza y la norma fundamentales del que se esfuerza por vivir, a ejemplo del Padre Kentenich, el seguimiento de Cristo, protagonista, instrumento y único camino de la nueva y eterna alianza.


martes, 3 de febrero de 2015

María en la actualidad de la Iglesia

Para concluir la primera parte de su libro, el Padre Boll hace una reflexión sobre las ideas y el sentir del Padre Kentenich sobre la posición de la Santísima Virgen en la Iglesia. Ambos, tanto el autor del libro como el protagonista del mismo vivieron intensamente la situación eclesial de Alemania en la continua búsqueda de la deseada unión con los hermanos protestantes.

A pesar de ello el Padre Kentenich está convencido, desde su experiencia pastoral, de que en un tiempo como el nuestro, tan plural y global, las capacidades de resistencia de la fe se debilitan si la misma no puede enraizarse vivencialmente en lo más profundo del alma. Por eso el amor a María es tan importante, porque nos regala un conocimiento vivo y vivificante de Cristo. Su postura y la reflexión dogmática sobre María, que él hará durante los años treinta del siglo pasado, eran entonces desacostumbradas y extrañas. Recordemos que para él la Santísima Virgen es la Madre de Dios y consecuentemente la “compañera y colaboradora permanente de Cristo en toda la obra redentora”.

Tuvo que venir el Concilio Vaticano II y mostrar a los creyentes la doctrina de la Iglesia sobre María y sobre la veneración a la Madre de Dios. Lo hizo de forma concisa y clara en el marco de la Constitución dogmática “Lumen Gentium”: “La Santísima Virgen, predestinada, junto con la Encarnación del Verbo, desde toda la eternidad, para Madre de Dios, por designio de la Divina Providencia, fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor y en forma singular la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras Él moría en la Cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia.” (LG 61)

A la pregunta de cómo él, el Padre Kentenich, había llegado a tal convencimiento, el Fundador de Schoenstatt respondió: “Lo he intuido y deducido de la conciencia creyente de la Iglesia”. El Padre Boll quedó admirado de la seguridad con que se expresó. Más tarde, al leer los documentos conciliares recordó esta conversación. Precisamente el Concilio destacaba los dos conceptos claves: compañera y colaboradora.

En la Iglesia tenemos la experiencia de que las verdades de fe que son “posesión” del pueblo de Dios pasan también por una fase dilatada de estudios y controversias por parte de la teología. El Padre Boll cree que en la actualidad nos encontramos en una fase similar respecto a la persona y a la misión de María en el orden de redención del Nuevo Testamento. Llegará el momento en que esta fase pasará y con ello se afianzará la “posesión” creyente de la Iglesia sobre la Madre de Dios.

Otro factor a tener en cuenta es que la “longitud de onda” del interés por los temas ha variado mucho en este tiempo tan acelerado que vivimos. Para muchos, por ejemplo, la actualidad del Concilio, el radio de influencia de una figura como el Papa Juan Pablo II, o la teología de la liberación han pasado en poco tiempo a un segundo término. Quien desee acelerar anhelos importantes para toda la Iglesia deberá hoy tener paciencia e insistir con perseverancia.

El Padre Kentenich estaba convencido de que el Espíritu Santo ha impulsado el interés eclesial por María a través de variadas formas y con muchas iniciativas. El Padre Kentenich se creyó llamado también a promover desde Schoenstatt una vinculación viva con la Santísima Virgen.

Recuérdese además que el desarrollo de la mariología venía marcado hasta hace poco por la aclaración de la posición de María respecto a Dios. Esta relación se ha afianzado y formulado ya en varios dogmas: en el núcleo de esta fe está la elección para ser la Madre virginal de Cristo. Por eso quedó libre del pecado original y fue asunta al cielo en cuerpo y alma. El interés se ha trasladado, y se concentra hoy, en la relación de María respecto a los hombres. La discusión en el Concilio sobre el título “Madre de la Iglesia” va en esta dirección. Esta perspectiva coincide con el pensar del Padre Kentenich.

El Movimiento de Schoenstatt y sus miembros  colaboran en este proceso con una vida marcada por la vinculación viva a María, queriendo mostrar con ello la autenticidad de una vida cristiana ejemplar.